Escenas del derrumbe del occidente
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Escenas del derrumbe del occidente

  1. 68 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
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Escenas del derrumbe del occidente

Descripción del libro

"Como un nuevo Sísifo, el poeta arrastra así su drama existencial, que es también el nuestro: el de cuantos vivimos a la intemperie de la realidad, sin protección religiosa, mental ni moral alguna y a punto de perder también el sistema defensivo creado por nuestra sociedad, que ahora, como él dice, se derrumba. Ese y no otro es el escenario en que esta obra se ha escrito y en el que hoy se representa: esa y no otra es nuestra propia escenicación del drama que hoy vivimos. Los largos títulos de sus poemas funcionan como en el teatro una acotación. Andrés Morales se ha atrevido a darle forma poética y a objetivarnos nuestra realidad. Pocas veces –creo- la poesía ha llegado tan lejos y se ha atrevido a tanto: habría que retrotraerse a la tragedia griega para encontrar algo parecido o igual."Jaime Siles.

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Información

Editorial
MAGO Editores
Año
2021
ISBN del libro electrónico
9789563176063
Categoría
Literatura
Categoría
Poesía

Índice

  1. Portada
  2. Título
  3. Créditos
  4. Cita Juan Ramón Jiménez
  5. Dedicatoria
  6. Prólogo
  7. Bajo el cielo de la noche partían esos barcos hacia donde nunca llegaremos; reconciliando al mar con los viajeros, con los gritos del marino que en nada han cambiado desde que Ulises adandonará Ítaca
  8. Una luz brillante a todos; reconociéndose inútiles en su desciframiento, tampoco la interpretan como un reto, como una señal o como un dedo que, diestro, proyecta alguna línea.
  9. Aventurándose en tierras de otros mares, abandonan el barco para siempre. Cansados se desploma en la arena: un sueño los inquieta a todos
  10. Todos recuerdan a sus muertos: es el día de difuntos. Homenajeando a padres, a hermanos, a los hijos, miran hacia el cielo entrecortados, fruncidos los ceños hacia arriba, un puñado llora frente al mármol.
  11. Despertando una mañana sin saber, ni el día, ni la hora, ni siquiera el año, se sorprenden en lo estéril de seguir viviendo, sin cejar.
  12. Arropados, enjutos, abiertos en sus ojos los huesos de la pena, más que una migaja de la mesa, más que el susurrar de estas monedas y su lepra, esperan una voz que empiece el canto
  13. Descubren su deseo por las noches. Los perros van ladrando y ellos gritan. Nada los distingue ni separa. Es el sueño, el perfume, la desgracia, del cruel derramamiento en el placer
  14. Abarrotado el tren de los insomnes, de los muertos, de los cotidianamente enfermos, miran sin mirar las horas; oyen sin oir el ritmo, la extraña juventud que nunca ha sido, la pútrida vejez adonde llegan
  15. Riguroso el sol desciende en la praderas, en la tierra o en el mar, en cada cosa. Riguroso el cruel reloj del universo, en silencio, sin rencor y puntualmente, señalando la aritmética perfecta, el dulce mecanismo sin razón.
  16. El silencio como único alimento. Liturgia de las noches sin desnudo, sin hábitos ni escenas, sin deslices, el silencio como cruel sometimiento. El silencio de los rostros: el desierto.
  17. Una grieta enciende el cuarto a medianoche. Una grieta que se cierra o que se abre. Una grieta poblada por los sueños.
  18. Perdida la ciudad y nuestros pasos: perdidos en el límite del asco. Una calle trae gritos de muchachos y la noche entona cantos de sirenas
  19. Entonces se iluminan los desiertos. El agua transparente nos seduce. Algo ha de llegar repetimos: una luz o algo en lo baldío
  20. Oficio de tinieblas cada día. Oficio de llorar sin una mueca. Las máscaras que huyen y aparecen. Las máscaras sin gloria, sin perdón
  21. Leímos sin los ojos las palabras. Oímos de los dones y la gracia. Pensamos y escribimos desdichados
  22. Romper la curvatura, ese círculo que expande nuestra sombra. Seguir en el camino, vacíos, con toda la maldad: enhiestos y marchitos, pasajeros.
  23. El teatro sin sus luces no misterios. El teatro que quisimos y no fue. El teatro de cenizas, en el fuego, quemándose los ojos de la infancia
  24. Abrimos las ventanas en la tarde: el mar nos deslumbraba hasta el quejido. Quisimos ver aún más si era posible: entonces desviamos la mirada
  25. Hundimos nuestros dientes en la arena. Palpamos el desquite de lo fiero. Tratamos de llorar y no fue justo: la incómoda alegría nos manchaba:
  26. La ciudad avanza en este sueño. La ciudad se cruza en el desierto. La ciudad terrible que aparece.
  27. Sin odio, indiferencia ni pecado, sin mares que cruzar porfiadamente; ausente la belleza de los labios: perdidos en el hondo pozo yermo, sin miedo ni dolor, sin el placer, sin patria ni ventura, ni desgracia: sin sueños que soñar nos descubrimos con las entrañas secas en la tierra.
  28. Desencajados, enhiestos o perdidos. Robándole a la sombra su desprecio, al iris su color y el porvenir, desgarran sus harapos en lo blanco, en la oscura habitación de sus desiertos, en la fiebre permanente del vacío.
  29. Una calle abierta es otra calle, una luz despunta mientras muere, una casa nueva se derrumba, una larga fila de sepulcros
  30. la escena que regresa nos persigue: vemos sin mirar el cataclismo. Algunos se rebelan en lo sordo, pero esa cruel fotografía no perdona.
  31. Un arco iris negro en las llanuras abraza las ciudades hasta el mar nos reta a abandonar la soledad, nos llama a la nostalgia del color.
  32. Los labios y los cuerpos bajo el agua: un extraño cuadro en pesadilla. Lagunas de una estepa en la cabeza: eso nos parece el torpe amor.
  33. Ningún sueño, ni tormento o pesadilla. Nada que decir de los demonios. Por fin la libertad de los difuntos, el agua que ya oxida nuestros huesos: la gravidez perfecta: la caída.
  34. En la niebla o en el sol, desprejuiciados. Libres de cadenas y grilletes. Alegres de vivir la muerte entera. Estatuas de vacío vaporoso: presencia contenida, deslumbrada.
  35. La fiesta nos hacía impertinentes. Cínicos, seguros, tan altivos, despreciando lo poco en que creemos y los otros deshojando sus miradas, hacia atrás y hacia adelante en los rincones, serenos en la máscara del ocio, perplejos del vacío que nos llena.
  36. Entre el ritmo y el demonio del reloj, en la cruel desolación de lo baldío, detrás de las montañas del concreto, el mar por fin se queda detenido; el mar ya naufragando en tantos años, el mar, testigo inmenso de la muerte.
  37. La lucidez del aire nos marchita. La prontitud agita nuestros días. Algunos no quisieran conmoverse, soñar el cielo diáfano del sur. Algunos sobreviven y otros callan. Algunos retroceden ante todo: otros no respiran, no respiran.
  38. Mientras tanto preguntamos al vacío, al agua, a las montañas, a las nubes. Mientras tanto, tiritando, preguntamos:
  39. Y todas las señales nos acusan. Los sellos olvidados nos delatan. Quisimos la soberbia como espada y el frío en la riqueza en vez del abrigo: la muerte fue la aliada en la batalla
  40. Andrés Morales
  41. Síntesis