
- 68 páginas
- Spanish
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- Disponible en iOS y Android
Escenas del derrumbe del occidente
Descripción del libro
"Como un nuevo Sísifo, el poeta arrastra así su drama existencial, que es también el nuestro: el de cuantos vivimos a la intemperie de la realidad, sin protección religiosa, mental ni moral alguna y a punto de perder también el sistema defensivo creado por nuestra sociedad, que ahora, como él dice, se derrumba. Ese y no otro es el escenario en que esta obra se ha escrito y en el que hoy se representa: esa y no otra es nuestra propia escenicación del drama que hoy vivimos. Los largos títulos de sus poemas funcionan como en el teatro una acotación. Andrés Morales se ha atrevido a darle forma poética y a objetivarnos nuestra realidad. Pocas veces –creo- la poesía ha llegado tan lejos y se ha atrevido a tanto: habría que retrotraerse a la tragedia griega para encontrar algo parecido o igual."Jaime Siles.
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Información
Índice
- Portada
- Título
- Créditos
- Cita Juan Ramón Jiménez
- Dedicatoria
- Prólogo
- Bajo el cielo de la noche partían esos barcos hacia donde nunca llegaremos; reconciliando al mar con los viajeros, con los gritos del marino que en nada han cambiado desde que Ulises adandonará Ítaca
- Una luz brillante a todos; reconociéndose inútiles en su desciframiento, tampoco la interpretan como un reto, como una señal o como un dedo que, diestro, proyecta alguna línea.
- Aventurándose en tierras de otros mares, abandonan el barco para siempre. Cansados se desploma en la arena: un sueño los inquieta a todos
- Todos recuerdan a sus muertos: es el día de difuntos. Homenajeando a padres, a hermanos, a los hijos, miran hacia el cielo entrecortados, fruncidos los ceños hacia arriba, un puñado llora frente al mármol.
- Despertando una mañana sin saber, ni el día, ni la hora, ni siquiera el año, se sorprenden en lo estéril de seguir viviendo, sin cejar.
- Arropados, enjutos, abiertos en sus ojos los huesos de la pena, más que una migaja de la mesa, más que el susurrar de estas monedas y su lepra, esperan una voz que empiece el canto
- Descubren su deseo por las noches. Los perros van ladrando y ellos gritan. Nada los distingue ni separa. Es el sueño, el perfume, la desgracia, del cruel derramamiento en el placer
- Abarrotado el tren de los insomnes, de los muertos, de los cotidianamente enfermos, miran sin mirar las horas; oyen sin oir el ritmo, la extraña juventud que nunca ha sido, la pútrida vejez adonde llegan
- Riguroso el sol desciende en la praderas, en la tierra o en el mar, en cada cosa. Riguroso el cruel reloj del universo, en silencio, sin rencor y puntualmente, señalando la aritmética perfecta, el dulce mecanismo sin razón.
- El silencio como único alimento. Liturgia de las noches sin desnudo, sin hábitos ni escenas, sin deslices, el silencio como cruel sometimiento. El silencio de los rostros: el desierto.
- Una grieta enciende el cuarto a medianoche. Una grieta que se cierra o que se abre. Una grieta poblada por los sueños.
- Perdida la ciudad y nuestros pasos: perdidos en el límite del asco. Una calle trae gritos de muchachos y la noche entona cantos de sirenas
- Entonces se iluminan los desiertos. El agua transparente nos seduce. Algo ha de llegar repetimos: una luz o algo en lo baldío
- Oficio de tinieblas cada día. Oficio de llorar sin una mueca. Las máscaras que huyen y aparecen. Las máscaras sin gloria, sin perdón
- Leímos sin los ojos las palabras. Oímos de los dones y la gracia. Pensamos y escribimos desdichados
- Romper la curvatura, ese círculo que expande nuestra sombra. Seguir en el camino, vacíos, con toda la maldad: enhiestos y marchitos, pasajeros.
- El teatro sin sus luces no misterios. El teatro que quisimos y no fue. El teatro de cenizas, en el fuego, quemándose los ojos de la infancia
- Abrimos las ventanas en la tarde: el mar nos deslumbraba hasta el quejido. Quisimos ver aún más si era posible: entonces desviamos la mirada
- Hundimos nuestros dientes en la arena. Palpamos el desquite de lo fiero. Tratamos de llorar y no fue justo: la incómoda alegría nos manchaba:
- La ciudad avanza en este sueño. La ciudad se cruza en el desierto. La ciudad terrible que aparece.
- Sin odio, indiferencia ni pecado, sin mares que cruzar porfiadamente; ausente la belleza de los labios: perdidos en el hondo pozo yermo, sin miedo ni dolor, sin el placer, sin patria ni ventura, ni desgracia: sin sueños que soñar nos descubrimos con las entrañas secas en la tierra.
- Desencajados, enhiestos o perdidos. Robándole a la sombra su desprecio, al iris su color y el porvenir, desgarran sus harapos en lo blanco, en la oscura habitación de sus desiertos, en la fiebre permanente del vacío.
- Una calle abierta es otra calle, una luz despunta mientras muere, una casa nueva se derrumba, una larga fila de sepulcros
- la escena que regresa nos persigue: vemos sin mirar el cataclismo. Algunos se rebelan en lo sordo, pero esa cruel fotografía no perdona.
- Un arco iris negro en las llanuras abraza las ciudades hasta el mar nos reta a abandonar la soledad, nos llama a la nostalgia del color.
- Los labios y los cuerpos bajo el agua: un extraño cuadro en pesadilla. Lagunas de una estepa en la cabeza: eso nos parece el torpe amor.
- Ningún sueño, ni tormento o pesadilla. Nada que decir de los demonios. Por fin la libertad de los difuntos, el agua que ya oxida nuestros huesos: la gravidez perfecta: la caída.
- En la niebla o en el sol, desprejuiciados. Libres de cadenas y grilletes. Alegres de vivir la muerte entera. Estatuas de vacío vaporoso: presencia contenida, deslumbrada.
- La fiesta nos hacía impertinentes. Cínicos, seguros, tan altivos, despreciando lo poco en que creemos y los otros deshojando sus miradas, hacia atrás y hacia adelante en los rincones, serenos en la máscara del ocio, perplejos del vacío que nos llena.
- Entre el ritmo y el demonio del reloj, en la cruel desolación de lo baldío, detrás de las montañas del concreto, el mar por fin se queda detenido; el mar ya naufragando en tantos años, el mar, testigo inmenso de la muerte.
- La lucidez del aire nos marchita. La prontitud agita nuestros días. Algunos no quisieran conmoverse, soñar el cielo diáfano del sur. Algunos sobreviven y otros callan. Algunos retroceden ante todo: otros no respiran, no respiran.
- Mientras tanto preguntamos al vacío, al agua, a las montañas, a las nubes. Mientras tanto, tiritando, preguntamos:
- Y todas las señales nos acusan. Los sellos olvidados nos delatan. Quisimos la soberbia como espada y el frío en la riqueza en vez del abrigo: la muerte fue la aliada en la batalla
- Andrés Morales
- Síntesis