Como
todo
Tres avatares del aire
1. COTORRAS EN EL PARQUE
… su flámula verde pone la cotorra.
LUGONES
Fui al parque a conversar con los difuntos
en el banco habitualmente mojado de sol
pero me interrumpió al rato algarabía
de cotorras, sus disensos demenciados.
Sin preámbulo dijeron: “¡Somos compatriotas!”
y que llegaron en barco, esclavizadas,
pero al cabo escaparon de las jaulas
y vivían en el parque, en democracia.
“Nosotras no mendigamos las vezas en el suelo
de la plaza del centro. Nosotras colonizamos
las copas más altas y si no hay palmeras
un pino es lo bastante bueno para la familia
y en primavera talamos ramitas con el pico
para nuestros nidos como palanganas
—¿no nos viste, acaso, probar varias opciones
para cada palitroque aún sin fijarlo?—
y para que rompa el cascarón
una camada
colorida de cotorras catalanas”,
y bailaban el gato entre mis pies.
Se fueron de golpe y las seguí
hasta la copa más alta del parque
con la vista y el oído:
parecían el fruto móvil de las ramas,
igual color, lustrado de estridencia;
se reprochaban lo que me habían dicho
en asamblea sin turnos de palabra.
Flámula verde en la masa de espinas:
los difuntos tengan su silencio,
yo el aturdimiento de tus erres rotas.
2. UN EPISODIO EN LA GUERRA
CONTRA LAS GOLOSINAS
Una mañana de marzo templada,
después de almorzar en la terraza,
Ana vio urracas, verdecillos,
—hasta los minuciosos mirlos,
que cuentan primero y después comen—,
recaudadores de migas. Inmóvil
detrás de la puerta, se ensoñaba
en la semántica de gorjeos y silbidos,
y al rato se acordó: “No es bueno
el pan; ¡hay que comprar alpiste!”.
Al día siguiente la república emplumada
—hasta los gorriones, saltarines—
mostró su preferencia por las migas.
Como una madre en guerra contra las golosinas
pensó que eliminar del todo el pan
era, sin duda, la estrategia infalible.
Y las sucias, tullidas, guturales palomas,
deponiendo la vigilancia desde las chimeneas,
ya sin disputa de jurisdicción,
danzaron sobre el alpiste una parada triunfal.
3. CON Y SIN
Qué inoportuna la elocuencia de la urraca:
su matraca rota distrae del trabajo.
Pero ahora que el ciruelo está pelado
y el jardín de la vecina no la llama
qué penoso el silencio de la tarde.
Interiorismo
Los cilindros con los brazos
agarrados a los muros de atrás
recogiendo el agua de las duchas
y de los platos con estrías de mostaza
—quién los hubiera pensado, quién
habría tenido una idea semejante.
Oscuros aire-y-luz, rayas de cable,
cobre ocioso trabado en bridas blancas,
gas angosto, túnel o tubo
abre los brazos sobre su cabeza
y sobre la tuya también,
circula adentro más rápido que linfa,
en la fachada con manchas como mapa,
sudarios de fantasmas que durmieran
una noche tórrida apoyando la nariz
contra la ventana lenta.
El agua obedece solo al peso
y van a buscarla sin demora, sin hora,
para hacerla correr entre sus troncos
huecos, oscuros como un cuerpo,
hacia los pies de alcantarilla como un sueño.
Desde l...