IV
Ya no retumba el cañón
Del monte por la aspereza;
Hiere muda la traición;
Muda y audaz; el león
Ruge al menos con nobleza;
Su brusco ataque se siente;
Mas cuán sigilosamente
Rueda el reptil por el llano;
Qué silencioso el pantano
Va corrompiendo el ambiente.
El gran genio de la guerra
Que allá, en la vecina sierra.
Yace rendido a los pies
Del orgulloso francés,
Dominador de la tierra, —46—
Sintiendo rota su espada
Y partida su armadura,
Con triste voz desmayada
Pide a la noche callada
Consuelo a su desventura.
Ceñidas por los ropajes
De sueltos manchados trajes,
Dos figuras aparecen,
Que se destacan y crecen
Sobre los turbios celajes4 .
Con flaca mano movía
Corrientes de llamas una;
Su mirada relucía
Como en la mar negra y fría
Un solo rayo de luna.
Un largo reptil sereno
Le abría la boca innoble;
Derramaba su veneno;
Mas él, en su propio seno,
Herida lograba doble.
Otra los ojos hundidos
Tenía, seca la frente,
Y los labios contraídos
Estaban eternamente
Como lanzando quejidos. —47—
Al aire que pasa flota
Deshecho su oscuro manto,
Con él sus carnes azota,
Por sus mejillas el llanto
Va cayendo gota a gota.
Se alzaron por lontananza;
La Guerra, con regocijo,
Vio nacer a su esperanza.
«¡Me buscan! ¡sí! ¡la Venganza
Y la Miseria!», se dijo.
«¡Mi furia ya no perdona!».
Monte a monte, cerro a cerro,
Se estrechó la fuerte zona,
Hasta que se vio Gerona
En un anillo de hierro.
En vez de fuertes soldados
Herían viles traiciones,
Y en la montaña, callados,
De veían los cañones,
¡Quién sabe si avergonzados!
Mas ¡ay! ni por la montaña,
Ni por el valle que el río
Con sus frescas ondas baña,
Ni por el bosque sombrío
¡Llega ni una voz de España! —48—
¡Por eso, cuando con ira
Zumba en Gerona el cañón
Parece que España mira
Que tan solo allí respira
¡Y late su corazón!
Al cielo robó el estío
Sus cálidas luces rojas,
Y por la margen del río
Llegó el otoño sombrío
Con manto de sueltas hojas;
Tan veloces al rodar
Y tan mustias, que al venir
Sus contornos a plegar,
Unas parecen gemir,
Otras parecen llorar.
Blanca, más que fina pluma
De cisne, por sus cabellos
Cuajaba copos la espuma,
Y lentamente por ellos
Resbálase la bruma.
Era dulce su mirada,
Dulce, pero a veces triste
Como su voz, que, cansada,
Gemía, cual vieja espada
Que doblan y se resiste. —49—
Muy poco a poco subía,
Y a cada su lento paso
La noche más atraía
Con gracia y amor al día
Para abrazarle en ocaso.
Él, amoroso y galán,
Apresura su venir
Cada vez con más afán,
Y así las tardes se van
Acortando sin sentir.
El ave su último vuelo
Tendió, y aquel arroyuelo
Que corría como loco
Allá en mayo, poco a poco
Moja ya su antiguo suelo.
¡Del árbol la pompa verde
Fue! Como su altura pierde,
Finge bajar cual si fuera
A decir que lo recuerde
A la ocul...