La noche oscura hace una incursión
... et iam summa procul villarum culmina fumant
maioresque cadunt altis des montibus umbrae.
(... y ya los techos de las granjas humean a lo lejos
y caen de los altos montes las mayores sombras...)
VIRGILIO, Primera égloga
I
Difíciles de descubrir son
los alados vertebrados de la prehistoria,
almacenados entre tablillas de pizarra.
Pero si veo ante mí la nervadura
de mi vida pasada, en una imagen,
pienso siempre
que tiene algo que ver con la verdad.
El cerebro trabaja de continuo
con algunas huellas, por débiles
que sean, de autoorganización,
y a veces de ello surge
un orden, en algunos aspectos hermoso
y tranquilizador, pero más cruel también
que el anterior estado de ignorancia.
¿Hasta dónde retroceder
para encontrar el comienzo? Quizá
hasta aquella mañana del 9 de enero de 1905
en que mi abuelo y mi abuela,
con un frío que cortaba, fueron
en coche abierto de Kloster Lechfeld a
Obermeitingen para que los casaran.
Mi abuela con un vestido de tafetán negro
y un ramo de flores de papel, mi abuelo
de uniforme, con su yelmo adornado de latón
en la cabeza. ¿Qué pensaban
cuando, con la manta de caballo sobre las piernas,
iban sentados uno junto a otro en el carruaje,
oyendo el eco de los cascos
en la avenida desnuda? ¿Qué pensaban
luego sus hijos, de los cuales uno,
en una foto escolar hecha
en el año de guerra de 1917,
en Allarzried, mira temeroso?
Cuarenta y ocho
pobres congéneres,
la maestra a la derecha,
a la izquierda el miope
capellán y, como anotación
en el reverso
del cartón gris y manchado,
las palabras «En el futuro la muerte
yacerá a nuestros pies»,
una de esas oscuras sentencias de oráculo
que nunca se olvidan. En otra
fotografía, de la que poseo
una ampliación, un cisne y su reflejo
en la negra superficie del agua,
parábola perfecta de la paz.
El jardín botánico en torno al estanque
se encuentra, por lo que sé,
a orillas del Regnitz en Bamberg,
y creo que una carretera
lo atraviesa hoy.
El conjunto da al principio
una impresión en cierto modo poco alemana,
los olmos, carpes y coníferas
de un verde profundo, la pequeña
pagoda, la grava pulcramente
rastrillada, las hortensias, iris versicolores,
áloes, los helechos de pluma de avestruz
y los decorativos ruibarbos de hojas gigantes.
También me resultan asombrosas las personas
que aparecen en la foto:
mi madre con su abrigo
abierto y una gracilidad
que luego perdería; mi padre,
un poco apartado, las manos en los bolsillos,
también, al parecer, despreocupado.
Corría el 26 de agosto de 1943.
El 27, partida de mi padre hacia Dresde,
de cuya belleza su memoria,
como dice cuando le pregunto, no guarda ningún
recuerdo.
En la noche del 28,
582 aviones lanzaron un ataque aéreo
contra Nuremberg. Mi madre,
que pensaba volver al día siguiente a nuestra casa del Allgäu
sólo pudo llegar con el tren
hasta Fürth.
Desde allí vio
Nuremberg en llamas,
pero no recuerda
qué aspecto tenía la ciudad ardiendo
ni cuáles fueron...