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Descripción del libro
El azul en la flama, nueva estación de uno de los itinerarios poéticos más deslumbrantes y sólidos de nuestra viva tradición, es el pulido testimonio de un viaje (hacia adentro, hacia afuera) en el que el oficio ha sabido aliar, con maestría los imperios de la razón y los sentidos. La mirada lúcida de David Huerta descubre paisajes autosuficientes en inusitados lugares, abre ventanas en los muros que la costumbre y el discurso lógico levantan con terquedad y que, por parecerse tanto a lo que hemos convenido en llamar realidad, ni siquiera intuíamos que estaban ahí.
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Información
Categoría
LiteraturaCategoría
Poesía1. La corteza de los fenómenos
Por un instante
La lluvia se desgajó como un fruto blanco
sobre la superficie azul del mundo:
aquí, allá, se desdoblaron
cajas y presencias,
la cauda de los accidentes,
el infinitesimal estallido inicial del dolor.
El agua indivisa y recta
mojó ángulos y artefactos;
luego cesó, igual que había comenzado.
El mundo azuleó más aún, titubeante.
Se encendió y quedó vinculado
a los esplendores atmosféricos.
Por un instante el mundo se unió
al cielo, después de la lluvia.
Madrugada
Lenta disolución de los vasos en la madrugada intempestiva.
¿Qué vasos había, qué edificios, qué escombros del verano
olvidados y vueltos a recobrar con el cuerpo inclinado?
Señales arduas recorren en círculos el borde infinitesimal
del despertar, aciagas señales de consternación
se difunden debajo de las sillas, entre las sábanas sucias.
Falla la respiración, los ojos se abren y la boca se seca
en medio de un roce de abismos, sin ningún esplendor
ni anuncio de palingenesia ni consuelo ni huella de cobijo.
¿No estaban los vasos aquí, los vasos de los que se bebía
con una sorda insistencia? Han desaparecido sin chasquido
ni testimonio, escondidos en una maraña de silencios.
Los vasos dejaron rasguños en la mano y la boca,
se astillaron como espejos de mal fario, se doblaron
y oscilaron junto a los cabellos y las páginas emborronadas.
Qué más da. Uno se despierta y camina. Uno toca las casas,
reconoce los cuerpos, lee y escribe, sube escaleras
y repite nombres sin término y palabras desnudas
rumbo a los mediodías y las oficinas, hacia la numerosa
aventura de reconocer y sentir, debajo de un rumor
de disminuciones y larga, fugitiva, oscura conciencia de la muerte.
Hojas y espadas
Del otro lado de las hojas caen las espadas.
Una vez caen sobre el filo, otra
con la punta que, recta, se hunde
en la superficie del jardín. Tenue lluvia
de feroces metales sobre el suelo pacífico.
No suenan las espadas. Apenas
el rumor de las hojas se escucha
como un papeleo de cuadernos que amarillean,
de bocetos que el dibujante arrugaba, desesperado.
Pero nada se escucha porque no hay nadie.
El desierto jardín va pareciéndose al mundo
mientras cae la noche.
Cuatro tardes
1
La nube rodea el núcleo de luz
y la tarde se precipita en el pozo del tiempo:
instante fijo, remolino de polvo,
nudo de brillantez agónica.
2
Rojo y luego mezcla de gris y verde
orlados por una fulguración escarlata:
cielo de tarde mexicana, día
que declina en los ojos y enciende
las pupilas y los ojos del espíritu.
3
Cae el sol, se enciende contra el cielo
con una fuerza de héroe
y raya la línea del horizonte
con fulgores magníficos.
4
Atraviesa el lienzo del cielo una llamarada
de agua detenida y fuego desatado.
Va a llover. Cae el agua cuando la noche
despliega sus ropajes ateridos.
Nubes bajas
Nubes bajas
–de bordes dorados, violáceos–
fingen ser un barrio bajo
de arcángeles
pero son en verdad el reino zurdo
de los demonios cejijuntos
que cierran el cielo, destazan el arcoíris
y dejan caer una lluvia ácida,
un agua envolvente, venenosa.
Orilla y sal
En cada blanco despliegue, infinitesimales
tormentas y una semilla de naufragio.
Como en el poema de Gorostiza, ni agua
ni arena en este borde. Sólo la yodada
guirnalda de una salud trascendental. Y la sal,
el roce de mar adentro.
Aislamiento
Acariciado
por los vientos contrarios
del aislamiento;
pulido milimétricamente
cual un artefacto
de obsidiana,
en medio del espejo,
el cuerpo gira
como un ardor diminutivo,
como un tesoro confuso,
como una vara, como
una medalla, un vaso, una
luida red, un
fragante abalorio.
Espejos en la selva
Espejos entran en el grito de los saraguatos
y la selva se multiplica –fusión de imágenes
y sonidos en un solo destello que atraviesa los cuerpos.
Detrás del sonido, del rugido animal, se levantan
los silbidos y se trenzan en...
Índice
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- Dedicación
- Índice
- 1. La corteza de los fenómenos
- 2. Líneas en la mondadura de una curva
- 3. La llanura labrada
- Sobre el autor