III
Cuando tocando madera
dices toco madera,
¿qué pájaro se cae,
qué flor se extingue en algún lado?
Cuando tocas madera
para desviar el rayo que temes,
¿qué rima o llanto estás matando?
Tocas madera para apagar un eco,
para matar un brillo,
para no ser herido,
ganas rebaño
a cambio de la savia que pierdes,
dejas un poco, para ser madera, de ser árbol,
el árbol que lo acepta todo:
la flor, el pájaro y el rayo.
Un día tendré un anillo;
teniendo uno, el árbol
se hace solo.
En cuanto a hojas,
sólo las necesarias.
No hay que ceder a su glamour.
También los vástagos proyectamos
una sombra. Y recordar,
si el vástago de junto gana altura,
que muchos tallos sorprendentes
no arborecen
y varios de los árboles mejores
vienen de brotes moribundos.
Un algo de tubérculo,
de agua tomada en préstamo y devuelta
con retraso,
y a veces ni devuelta,
de luz ganada sólo de reflejo, ayuda.
La tierra no se apura en tener árboles.
Es más, quisiera no tenerlos.
Hay algo milagroso en cada árbol,
algo que no se explica por los otros árboles.
Pudiera suceder que ya no hubiera
y a mí me toque ser el último.
Los árboles no son de madera
y no tocamos madera cuando tocamos un árbol.
Un árbol,
cuando ha exprimido el canto de sus ramas,
se recuesta en su tumba de madera,
toca madera y deja de ser árbol.
La madera de una silla no es madera muerta
y los árboles no son madera viva;
los árboles son árboles
y la madera es madera,
y los árboles muertos
son madera de pie,
madera con ramas y pájaros,
y no se sabe si los pájaros
los toman como árboles
o como lo que son: sillas silvestres,
madera para descansar que anhela que la quemen.
Los árboles se mueren de madera,
y el fuego,
que compendia en un minuto años de pájaros,
años de hormigas por las ramas,
conoce sólo un idioma: la madera,
y no sabe nada de los árboles.
¿Por qué si digo pájaro
me enciendo
y cuando digo ave me intimido?
Digo pájaros y pienso
en vuelos cortos,
no en migraciones,
en los esfuerzos para hacerse un nido;
digo pájaro y me embosco,
me enarbolo
y me ensombrezco,
y al decir ave me remonto,
pierdo la sombra y subo,
subo,
y sólo la curvatura de la tierra,
que no siento,
corrige
este elevarme sin descanso, traduciendo
el ave que hay en mí en un pájaro
que busca, en otro clima, un árbol.
Las tierras que se labran
también se dejan descansar.
Uno o dos años de barbecho
para dejar crecer los sueños que la agricultura
inhibe,
para que aflore
la tímida vegetación que no se atreve.
Y es hora de que tú también
te dejes aflorar entero,
océano Atlántico,
labrado y roturado por los siglos.
Queremos verte y descansar
de nuestro afán en tus orillas,
ya no cruzarte en una o dos generaciones,
dejarte en tu barbecho
y al dar la vuelta larga del Pacífico,
desinhibirnos.
Los dinosaurios
se enfriaban por la noche
y al otro día, curados
por el sol,
se hundían en la maleza
en busca de otros de su especie.
El verdadero sol era el rebaño.
El hambre comenzaba apenas se reunían
y el verde sólo les sabía
cuando el rebaño estaba en auge.
De noche,
sin pelambre,
sin el calor que el pelo ayuda
a conservar cuando oscurece,
entraban en un trance,
y al otro día
era como si fuera el primer día,
como si apenas comenzaran a vivir,
y como cada día era el primero,
crecieron sin medida,
que es como no crecer,
como quedarse niños.
Los niños son pequeños dinosaurios
a los que damos,
para que un día se cansen de crecer,
su diaria dosis de palabras,
que son nuestra pelambre.
Pasamos de la noche al día apalabrados,
sin conocer el fondo
de la luz ni de la noche,
que ya no aguantaríamos,
y ese calor que ellos sintieron
cuando el rebaño estaba en auge
y nuestra piel codicia aún,
lo recordamos cada vez que hacemos versos,
que son nuestra manera de sentir
la sangre fría que perdimos.
Sólo hay canto
porque hay montañas,
porque lo que decimos
las montañas lo deforman,
y así se forma,
con las palabras desvirtuadas
por los montes,
como el deseo de oírse
por primera vez,
el canto.
Ellas nos enseñaron
a no tener del todo la razón,
a suspendernos
y esperar.
Cua...