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Descripción del libro
Con personalísimo sello, Versión eslabona congruentemente un periplo poético que continúa, sin concesiones, sin jamás tenderse a descansar bajo la sombra de sus atisbos, de sus celebradas indagaciones que lo sitúan como una referencia insoslayable de la poesía contemporánea en español. La nueva edición de este libro-llave que reeditamos con orgullo afianza a sus lectores cautivos y busca encaminar a los nuevos por una senda personal y deslumbrante, en cuya vanguardia se encuentra David Huerta, trabajando.
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Información
Categoría
LiteraturaCategoría
PoesíaAdefesio de Amsterdam
Acercado, en las impregnaciones del otoño, al deseo que imaginé con desconcierto descomunal,
examino ahora diversos papeles que el tiempo hunde en mí con un curioso esfuerzo.
“Es Archivando que se aproxima”, oigo decir detrás de espejos de tierra, voces ardientes, charcos de mercurio.
Está en mí, está en mí, en mí, el desvanecido sabor impreso con tenacidad sobre mi lengua de larva y mis letras primaverales.
Mis manos caen hoy
bajo el retrato de los días: el cuaderno que traje a ti aquí se ha pulverizado
–debo retroceder para que el ritmo de mi respiración se regularice
y de nuevo alce, en la cuerda de tus innumerables corazones, mis arterias de mimbre.
Muescas, números, marcas en la vivacidad que me atrae con su cara de chispas: descensos pálidos, etcétera.
Archivando mirará por mis ojos todos estos Fetiches, estas usurpaciones.
Gestos anfibios recorren toda la tinta de lo mío-aquí.
Archivando recoge en el aire mis trémulos residuos, los restituye en los armarios blancos de la persona.
Y si sueño, convierte en arena sobre cristal mi cabeza en medio de las imágenes. Es mi sombra directa y proporcional.
Yo miro por sus ojos estas usurpaciones, noches inclinadas bajo un mezclado gusto de materia.
Soy arcaico en la recta amplificación de Archivando.
(... tendrá un sabor de máscara el segmento de realidad, en la mañana fresca...)
–Tu maquinal diadema, desdeñado Archivando, cubre las temblorosas aguas de la memoria.
Costumbres duras como marfil subsisten. Ciudades por mis ojos,
terrazas penetrando la noche, y Archivando, ciego, acercado a mí
desde su reino de ceniceros, encajes, tiendas, cancelaciones
–y el implantado yo, en mangas de camisa,
agita sus húmedos emblemas para salir también en la fotografía.
No es una balanza lo que veo detrás de estas manos quemadas por un fuego de sueños:
es la pluma empurpurada que Archivando ha puesto en su boca para acercar el amanecer de mí mismo
a sus farsas de ídolo, a sus botones de germen bajo la gasa, meticulosamente manchada, de mis ojos.
¿Qué esperas, Archivando? Carajo, si lo supieras te daría las tijeras de mi organismo
para tu ser blanco y negro, caído en mí como en un surco de deliciosa penumbra.
Sabrías cuánto de imaginario tiene esta zona de arduas comisuras donde me he ocultado de ti,
deseoso de convenir con tu lazo de fiera. El olvido me desmenuza, deja en mí
una resaca tibia de madrugadas lentas. Tijeras como flamas conducen tu nombre, Archivando,
sobre el paisaje de mi personaje desencajado, sobrio, a la deriva y en ninguna música.
El personaje tiene festones animados, adornos de Golem bajo la lengua,
germinaciones de un despertar orgánico, savia o musgo encendiéndose.
Ha coleccionado briznas, excepciones, delgados pliegues
–para el fiel de su balanza, el acerado platillo donde nace
la luz que hoy quema “sus manos”.
La persona es un mar y su rompeolas es una llave, un rizo desencajado en medio del ojo-vaso de Francis Bacon,
el fantasma de su voracidad es el cuerpo húmedo del mediodía en Amsterdam, a la deriva por Damrak y metidos en este sabor de claroscuro
donde vivía el pobre y ansioso Rembrandt, áureo en su nombre, recuperado para el turista, este invasor apacible que escudriña con torpes ojos la Ronda nocturna.
La persona es una manecilla en el libro de la noche,
un fumar seco y pardo como un adorno detrás del escaparate,
entre las telas apenas salidas de sus cajas, dulces embalajes marcados frágil, en un transporte místico... y en el surco donde los labios
parecen un planeta sobre el sistema de las paredes, la persona es un intermedio púrpura,
con dedos de autómata y paladar de abismo. La persona es lo que examina tu pecho
con una mirada pegajosa y una risa de aluminios falsos,
mientras el fósforo acumulado entre los puntos suspensivos alcanza su “encendido mirar”
en el ardor de tus membranas, pálidas manchas en la dimensión intersticial del pronombre.
Todo lo que separa de la persona rebrilla con resignada fruición en el canal de Singel,
entre las nueve de la mañana y las apagadas y lluviosas seis de la tarde. Es Amsterdam una tinta concentrada bajo tus ojos aturdidos.
Lo que “separa de la persona”, dices: naturaleza, maravilla, etcétera.
¿Y el sumario ficticio que se aproxima, este residuo de Archivando
que lo anuncia en su magnitud, su minuto de eclipse?
Creíbles copos de Archivando en los renglones de Amsterdam.
Una caja resiste en el predestinado latir de la persona: este doblarse quieto en la luz excesiva
es una huella de la persona en la caja fantasmagórica:
mira el marfil del hábito y sus bordes de lengua en medio del murmullo, el resplandor.
Éste es el presentido infinitesimal, el agrupado yo que mira con angustia los directos espejos de Leidsestraat
y sólo ve ahí un monstruo etéreo, el retorcido Señor que pintó Francis Bacon
y en este momento preciso saborea una delgada cerveza holandesa,
habla con inaudito relieve y siente, como una gota, la palabra Benelux en los labios.
La caja oscura de la persona es una impertinencia para la ropa de lluvia que exhibes:
esta caja es lo contrario del “sumario-ficticio” y en su áspera realidad, carajo... realidad,
contrasta contigo, con la persona, con lo que se escribe –mira desde lo alto de este oleaje el encaje de estos vapores, para los valses de la identidad, etcétera.
La persona, Archivando, el aire, la claridad: tendrías que inclinar tus protegidas almendras en este cerco de mercurio,
en esta soledad enraizada, para tocar con ellas la aguja y el milímetro –utensilios de tierra–
que entre la noche y la tela y las paredes así conducen otras palabras, como jugo de siglas, detrás de estas opacidades,
de este abrir la boca debajo de la sombra y sacar, en exhaustos puñados, únicamente un ruido de lluvia,
el sonido de mi saliva, las letras que se escriben.
Un elíxir cae sobre el número, la marca de la persona –dentro del vaso que Francis Bacon hace sonar en Amsterdam
y es un ojo con los colores que convienen contigo mientras caminas por la calle,
el tono exacto que se recorta milimétricamente sobre tu cuerpo,
la sombra y sus matices como medusas, rodeándote.
Este elíxir, marca de la persona o destilado pincel de Francis Bacon sobre el yo, desconcertado, en su copia... este elíxir
es una magia deslizada para tu ...
Índice
- Cubrir
- Portada
- Derechos de Autor
- Dedicación
- Índice
- Prólogo
- El conocimiento y el amor
- Declaraciones
- Conseja
- Escena de costumbres
- El joven deja de serlo
- Nocturno
- Ana y el mar
- La máquina biográfica
- Arte de la duda
- Celda
- Sátira de qué
- Tinta de los deseos
- Tres asteriscos
- Teorías
- Nueve años después
- Index
- Pausa
- Zoología de la luz
- Travesía
- Predestinación de la tarde
- Primavera
- Profecías
- Deriva
- Preceptos materiales
- Actos
- Sweet Angel
- Adefesio de Amsterdam
