Sermones parroquiales / 1
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Sermones parroquiales / 1

(Parochial and Plain Sermons)

John Henry Newman

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Sermones parroquiales / 1

(Parochial and Plain Sermons)

John Henry Newman

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Desde su ordenación como pastor anglicano hasta su muerte como cardenal católico, la figura de Newman no deja de sorprender por la coherencia de su trayectoria. En estos Sermones parroquiales, un clásico de la espiritualidad cristiana que ha inspirado a todas las generaciones de cristianos desde su predicación entre 1825 y 1833 hasta hoy, se encuentran ya las semillas de todos los grandes temas que el teólogo inglés desarrollará durante su vida y obra. Desde la cercanía del párroco y no desde la distancia del teólogo, demostrando su enorme conocimiento de la psicología humana, de la Sagrada Escritura y de las tentaciones y pruebas que atraviesan los cristianos en el mundo, nos introduce en los temas centrales del cristianismo y la salvación. El presente volumen es el primero de la serie completa de los Sermones parroquiales. Con la fuerza, frescura y la audacia en él habituales, Newman vuelve a desafiar nuestra razón y conmover nuestro corazón.

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Informations

Année
2013
ISBN
9788499208084

Sermón 1
LA SANTIDAD, NECESARIA PARA LA FELICIDAD ETERNA*
[n. 153 | 6 de agosto? de 1826?]

¬ęLa santidad, sin la cual nadie puede ver a Dios¬Ľ (Hb 12,14)
En este texto ha parecido bien al Esp√≠ritu Santo transmitir una verdad principal de nuestra religi√≥n en pocas palabras. Esta circunstancia la hace especialmente impresionante. Porque la misma verdad se recoge de un modo o de otro en todas las partes de la Escritura. Se nos dice una y otra vez que hacer santas a criaturas pecadoras fue el gran objetivo que nuestro Se√Īor ten√≠a a la vista cuando tom√≥ nuestra naturaleza, de modo que en el √ļltimo d√≠a nadie sino el santo ser√° aceptado en su nombre.
La entera historia de la Redención, el pacto de misericordia en todos sus puntos y disposiciones atestigua la necesidad de la santidad para la salvación; igualmente lo hace, por supuesto, el testimonio de nuestra misma Conciencia natural. Pero lo que en lugares diversos se halla implícito en la historia y es ordenado por un precepto, en el texto de Hebreos se formula doctrinalmente como un hecho decisivo y necesario, resultado de una ley sobrecogedora e irreversible contenida en la naturaleza misma de las cosas, y determinación inescrutable de la voluntad divina.
Alguien podr√≠a preguntar ¬ę¬Ņpor qu√© es la santidad condici√≥n necesaria para ser recibidos en el cielo? ¬ŅPor qu√© la Biblia nos manda tan estrictamente amar, temer y obedecer a Dios, ser justos, honestos, mansos, puros de coraz√≥n, perdonar, ser abnegados, humildes y de buen conformar? Si el hombre es patentemente d√©bil y corrupto, ¬Ņpor qu√© se le manda ser tan espiritual y tan despegado de lo terreno? ¬ŅPor qu√© se le pide (con el fuerte lenguaje de la Escritura) que se transforme en una ¬ęcriatura nueva¬Ľ? Dado que el hombre es por naturaleza lo que es, ¬Ņno ser√≠a un acto de mayor misericordia por parte de Dios salvarle completamente sin esa santidad, que es tan dif√≠cil de poseer y, al parecer, tan necesaria?¬Ľ.
No tenemos derecho a hacer esta pregunta. Al pecador le basta con saber que, por la gracia de Dios, se le ha abierto un camino de salvaci√≥n, y no hace falta informarle de por qu√© ese camino y no otro ha sido el elegido por la Sabidur√≠a divina. La vida eterna es el ¬ędon de Dios¬Ľ. Es indudable que Dios puede establecer los t√©rminos en los que lo conceder√° y, si ha determinado que la santidad es el camino a la vida, no hace falta averiguar m√°s. No nos corresponde inquirir por qu√© lo ha prescrito as√≠.
Sin embargo, la pregunta puede ser formulada con respeto y con la intenci√≥n de percibir mejor nuestra propia condici√≥n y nuestras perspectivas espirituales. El intento de responder ser√≠a en ese caso provechoso, si se hace sobriamente. Procedo, por lo tanto, a anunciar una de las razones consignadas en la Escritura por las que la santidad es necesaria, seg√ļn el texto, para la felicidad futura.
Ser santo es, en palabras de la Iglesia, poseer ¬ęla verdadera circuncisi√≥n del Esp√≠ritu¬Ľ, es decir, estar separados del pecado, aborrecer las obras del mundo, la carne, y el demonio, complacerse en guardar los mandamientos de Dios, hacer las cosas como √Čl desea que las hagamos, vivir habitualmente como en la visi√≥n del mundo futuro, como si hubi√©ramos roto las ataduras de esta vida y estuvi√©ramos muertos para lo mundano. ¬ŅPor qu√© no podemos salvarnos sin todo ese bastidor de conceptos y esa actitud de √°nimo?
Respondo que aun suponiendo que un hombre de vida no santa entrase en el cielo, no podría ser feliz allí, y no supondría misericordia alguna hacia él permitirle entrar.
Tenemos capacidad de enga√Īarnos, y considerar el cielo como un lugar semejante a esta tierra. Es decir, como un lugar donde uno puede elegir y hacerse su propia satisfacci√≥n. Vemos que, en este mundo, los hombres de acci√≥n tienen sus propios goces, y que los de temperamento m√°s familiar logran los suyos. Literatos, cient√≠ficos, pol√≠ticos persiguen y llevan a cabo sus respectivos objetivos y gustos. De ah√≠ que nos veamos inducidos a pensar que en el m√°s all√° ocurrir√° lo mismo. La √ļnica diferencia que establecemos entre este mundo y el pr√≥ximo es que aqu√≠, como bien sabemos, los hombres no est√°n siempre seguros de conseguir lo que buscan, pero all√≠ suponemos que s√≠ lo estar√°n. Y concluimos, consiguientemente, que cualquier hombre, sean cuales sean sus h√°bitos, gustos o modo de vivir, una vez admitido en el cielo, habr√° de ser feliz all√≠.
No es que neguemos absolutamente la necesidad de una preparaci√≥n para el mundo venidero, pero no nos hacemos cargo de su significado real y de su importancia. Nos vemos capaces de reconciliarnos con Dios cuando queramos, como si a los hombres s√≥lo se les exigiera que durante un tiempo dediquen una atenci√≥n mayor de la ordinaria a los deberes religiosos ‚ÄĒpor ejemplo, un cuidado m√°s estricto de las pr√°cticas cristianas durante esa √ļltima enfermedad‚ÄĒ, igual que los hombres de negocios ponen en orden sus cartas y papeles antes de emprender un viaje o al hacer balance. Pero una idea como esta, aunque se act√ļe frecuentemente conforme a ella, queda refutada en cuanto se formula en palabras. Porque resulta patente a partir de la Escritura que el cielo no es un lugar en el que puedan llevarse a cabo a la vez muchos prop√≥sitos diferentes y contradictorios, como ocurre en este mundo. Aqu√≠ todo hombre puede hacer su propio gusto pero en el cielo ha de hacer el gusto de Dios. Ser√≠a presunci√≥n intentar fijar las ocupaciones de esa vida eterna que el hombre ha de pasar en la presencia de Dios, o negar que ese estado que el ojo no ha visto, ni el o√≠do escuchado, ni la mente concebido, puede incluir una variedad infinita de quehaceres y ocupaciones. Pero en todo caso se nos dice claramente que la vida futura transcurrir√° para nosotros en la presencia de Dios, en un sentido que no es aplicable a nuestra vida presente, y que puede ser descrita del modo mejor como una incesante e ininterrumpida adoraci√≥n del Padre eterno, del Hijo y del Esp√≠ritu Santo. ¬ęPor eso est√°n ante el trono de Dios y le sirven d√≠a y noche en su templo, y el que se sienta en el trono habitar√° en medio de ellos... el Cordero, que est√° en medio del trono, ser√° su pastor, que los conducir√° a las fuentes de las aguas de la vida¬Ľ (Ap 7,15-17). En otro lugar se dice: ¬ęLa ciudad no tiene necesidad de que la alumbren el sol ni la luna: la ilumina la gloria de Dios y su l√°mpara es el Cordero. A su luz caminar√°n las naciones, y los reyes de la tierra le rendir√°n su gloria¬Ľ (Ap 21,23-24). Estos pasajes de san Juan bastan para recordarnos otros muchos.
El cielo, por lo tanto, no es como este mundo. Se parece mucho m√°s a una iglesia. Porque en un lugar de culto p√ļblico, como es un templo, no se escucha un lenguaje de este mundo. No se proponen planes para lograr objetivos temporales, grandes o peque√Īos, ni se obtiene informaci√≥n sobre c√≥mo consolidar nuestros intereses materiales, ampliar nuestra influencia o reforzar nuestro prestigio. Estos fines pueden ser correctos en s√≠ mismos, siempre que no pongamos en ellos el coraz√≥n. Pero, insisto, no o√≠mos hablar de ellos en la iglesia. Aqu√≠ se nos habla s√≥lo y enteramente de Dios. Le alabamos, le adoramos, le cantamos, le damos gracias, le confesamos, nos damos a √Čl, y pedimos su bendici√≥n. De ah√≠ que una iglesia sea como el cielo, porque en un sitio y en el otro, existe ante nosotros un √ļnico asunto soberano: la religi√≥n.
Suponiendo entonces que, si en vez de dec√≠rsenos que ning√ļn hombre irreligioso podr√≠a estar con Dios en el cielo (o verle, como dice el texto de Hebreos), se nos dijera que ning√ļn hombre irreligioso podr√≠a adorarle o verle espiritualmente en la iglesia, percibir√≠amos en seguida el sentido de esa afirmaci√≥n. Comprender√≠amos que si una persona ha desarrollado su esp√≠ritu movido s√≥lo por la simple naturaleza y el azar, sin un esfuerzo deliberado y habitual por alcanzar la verdad y la pureza, esa persona no experimentar√≠a gusto alguno en la iglesia y pronto sentir√≠a hast√≠o del lugar. Porque en la casa de Dios oir√≠a hablar solamente de un asunto del que se ha preocupado poco o nada en absoluto; y nada oir√≠a de las cosas que han movido sus esperanzas y temores, sus simpat√≠as y sus esfuerzos. Si un hombre sin religi√≥n (suponiendo que fuera posible) fuera admitido en el cielo, sufrir√≠a sin duda una gran desilusi√≥n. Antes, pensar√≠a que podr√≠a ser feliz all√≠. Pero al llegar, no descubrir√≠a sino el tipo de discurso que ha estado evitando en la tierra, y las metas que ha despreciado. No encontrar√≠a nada que le vinculara a algo diferente en el universo de lo que era su vida, nada que le hiciera sentirse en casa y en lo que pudiera entrar para hallar descanso. Se ver√≠a a s√≠ mismo como un ser aislado, un miembro apartado por el Supremo Poder de una serie de objetos que seguir√≠an enlazados a su coraz√≥n. Es m√°s, se encontrar√≠a en la presencia de ese Poder Supremo en el que nunca se decidi√≥ a pensar mientras viv√≠a en la tierra, y al que ver√≠a ahora s√≥lo como el destructor de todo lo que fue precioso y querido por √©l. No podr√≠a soportar el rostro del Dios vivo. El Dios santo no ser√≠a para √©l motivo de gozo. ¬ę¬°D√©janos!, ¬Ņqu√© tenemos que ver contigo, Jes√ļs Nazareno?¬Ľ (Lc 4,34): este es el √ļnico pensamiento y el solo deseo de las almas impuras, aunque al mismo tiempo reconozcan su majestad. Solamente el santo puede mirar al Santo. Sin santidad no puede soportar hombre alguno la visi√≥n del Se√Īor.
Pensar que se puede participar en la alegr√≠a del cielo sin santidad es tan incongruente como pensar que uno puede llegar a involucrarse en el culto cristiano aqu√≠ abajo si no tiene ya un cierto inter√©s por ese acto de culto. Un esp√≠ritu descarriado, sensual e incr√©dulo, un esp√≠ritu que carece de amor y temor de Dios, con ideas estrechas y objetivos mundanos, con una escasa exigencia en sus deberes y una conciencia apagada, un esp√≠ritu contento consigo mismo y cerrado a la voluntad de Dios, experimentar√≠a tan poco agrado en el √ļltimo d√≠a ante las palabras ¬ęentra en el gozo de tu Se√Īor¬Ľ, como experimentar√≠a ahora ante la invitaci√≥n ¬ęoremos¬Ľ. Sentir√≠a, incluso, menos agrado, porque mientras nos encontramos en el templo, podemos dirigir nuestros pensamientos hacia otros asuntos, y conseguir olvidar que Dios nos mira, lo cual no ser√° posible en el cielo.
Vemos, entonces que la santidad, o separaci√≥n interior de las cosas mundanas, es necesaria para ser admitidos en el cielo porque el cielo no es cielo, no es un lugar de felicidad, sino para quien es santo. Hay enfermedades que afectan al sentido del gusto, y entonces los aromas m√°s dulces se hacen desagradables al paladar; otros malestares perjudican la vista y oscurecen la bella faz de la naturaleza con un tinte enfermizo. De igual modo, existe una enfermedad moral que desordena la mirada y el gusto interiores, y ning√ļn hombre que la padezca se halla en condiciones de disfrutar lo que la Sagrada Escritura llama ¬ęla plenitud de la alegr√≠a en la presencia de Dios y los gozos para siempre a su diestra¬Ľ.
Me atrevo incluso a decir algo m√°s, que resulta terrible pero que es justo afirmar: si quisi√©ramos imaginar un castigo para un alma no santa y reprobada, no podr√≠amos concebir tal vez uno mayor que llamarla al cielo. El cielo ser√≠a como un infierno para un hombre irreligioso. Sabemos lo desgraciados que nos sentimos en nuestra existencia aqu√≠ abajo cuando nos vemos solos en medio de extra√Īos, o de gente con gustos y h√°bitos diferentes a los nuestros. Qu√© costoso ser√≠a, por ejemplo, tener que vivir en tierra extranjera, rodeados de personas cuyos rostros nunca hab√≠amos visto antes, y cuya lengua no pudi√©ramos aprender. Esto no es sino una d√©bil ilustraci√≥n de la soledad de un hombre de disposici√≥n y gustos mundanos, puesto en la compa√Ī√≠a de los santos y los √°ngeles. ¬°Vagar√≠a desolado por las moradas del cielo! No encontrar√≠a nadie como √©l. Ver√≠a en todas partes la huella de la santidad de Dios, que le har√≠a estremecerse. Se sentir√≠a siempre en la presencia divina. No podr√≠a dirigir ya sus pensamientos en otra direcci√≥n, como hace ahora, cuando la conciencia le acusa. Se dar√≠a cuenta de que la Mirada Eterna est√° siempre sobre √©l, y el ojo de santidad, que es alegr√≠a y vida para las criaturas santas, le parecer√≠a mirada de ira y castigo. Dios no puede cambiar su naturaleza. Siempre es santo. Pero mientras √Čl sea santo, ning√ļn alma impura puede ser feliz en el cielo. El fuego no hace arder el hierro, pero s√≠ hace arder la paja. Dejar√≠a de ser fuego si no lo hiciera. Tambi√©n el cielo mismo ser√≠a fuego para quienes so√Īaran escapar, a trav√©s del gran abismo, del tormento infernal. El dedo de L√°zaro no har√≠a sino incrementar su sed. El mismo ¬ęcielo que se extiende sobre sus cabezas¬Ľ ser√≠a ardor para ellos.
He explicado hasta ahora, en cierta medida, por qué se nos exige la santidad como condición para ser admitidos en el cielo. La santidad es algo que parece necesario por la naturaleza misma de las cosas. No vemos cómo podría ser de otro modo. Ahora me referiré a dos importantes verdades que parecen seguirse de lo que he dicho.
1. Si un cierto modo de ser y un determinado estado del coraz√≥n y los afectos son necesarios para entrar en el cielo, nuestras acciones ser√°n fruct√≠feras en orden a nuestra salvaci√≥n principalmente en cuanto tienden a producir y expresar ese modo de ser. Eso que llamamos buenas obras se requiere no como si encerraran m√©rito en s√≠ mismas, ni porque sean capaces de alejar la ira de Dios por nuestros pecados, o porque nos permitan comprar el cielo, sino porque son el medio, con la gracia de Dios, de fortificar y manifestar ese santo principio que Dios implanta en el coraz√≥n, sin el que no podr√≠amos verle. Cuanto m√°s numerosos sean, desde luego, nuestros actos de caridad, abnegaci√≥n y paciencia tanto m√°s crecer√°n nuestras almas en un modo de ser caritativo, abnegado y paciente. Cuanto m√°s frecuentes sean nuestras oraciones, y m√°s humildes, pacientes y religiosas sean nuestras obras de cada d√≠a, esta comuni√≥n con Dios y estas acciones santas ser√°n el medio para hacer santos nuestros corazones, y prepararnos para la futura presencia de Dios. Los actos externos, hechos con sentido espiritual, crean h√°bitos interiores. Repito que los actos aislados de obediencia a la voluntad de Dios ‚ÄĒ¬ębuenas obras¬Ľ se las llama‚ÄĒ, nos ayudan en la medida en que nos apartan gradualmente del mundo de los sentidos e imprimen en nuestros corazones un car√°cter propio de las cosas del cielo.
Es evidente entonces qu√© obras no sirven para nuestra salvaci√≥n: las que no operan sobre el coraz√≥n para cambiarlo, o las que producen un efecto malo. ¬ŅQu√© diremos, pues, de quienes consideran asunto f√°cil el agradar a Dios, se recomiendan a s√≠ mismos ante √Čl, realizan algunas obras de servicio, pocas y flojas, que llaman camino de fe, y quedan muy satisfechos de ellas? Es patente que estas personas, en vez de beneficiarse de tales actos de benevolencia, honestidad o justicia, pueden verse perjudicados por ellos. Porque esos actos, aun siendo buenos en s√≠ mismos, en la pr√°ctica fomentan en esas personas un mal esp√≠ritu y un estado corrompido del coraz√≥n; es decir, nutren el ego√≠smo, la vanidad y la autocomplacencia, en vez de apartarles de este mundo y acercarles al Padre de las almas. De igual modo, los simples actos externos de acudir a la iglesia y recitar oraciones (que son, desde luego, deberes imperativos para todos nosotros) s√≥lo son realmente provechosos a quienes los hacen con esp√≠ritu sobrenatural. Porque estos realizan esas buenas obras solamente para mejorar su coraz√≥n, mientras que la m√°s exigente devoci√≥n exterior aprovecha poco a una persona si no lo mejora por dentro.
2. Fijaos ahora en lo que se sigue de esto. Si la santidad no consiste meramente en realizar un n√ļmero determinado de buenas acciones sino en ese ser interior que, por la gracia de Dios, se va formando al hacerlas, ¬°qu√© lejos de esa santidad se encuentra la gran masa del g√©nero humano! Porque la mayor√≠a no cumple ni siquiera las obras externas, que son el primer paso hacia la santidad, y tienen hasta que aprender a practicar obras buenas, como medio de cambiar el coraz√≥n, que es el aut√©ntico objetivo. Consecuencia inmediata es, aunque la Escritura no lo diga de manera clara, que nadie puede prepararse para el cielo ‚ÄĒes decir, hacerse santo‚ÄĒ, en poco tiempo; al menos no vemos c√≥mo esto sea posible, lo cual, considerado como pura conclusi√≥n de la raz√≥n, es ya una consideraci√≥n seria.
Lo mismo que, por desgracia, unos piensan salvarse a base de unas pocas obras, otros creen poder salvarse por medio de una fe repentina y f√°cilmente adquirida. La mayor√≠a de los que viven olvidados de Dios silencian su conciencia, cuando les turba, con la promesa de arrepentirse alg√ļn d√≠a. ¬°Con qu√© frecuencia siguen as√≠ hasta que un d√≠a les sorprende la muerte!
Pero supongamos que comienzan a arrepentirse al llegar ese d√≠a futuro. Supongamos incluso que Dios les perdona y admite en su santo reino. ¬ŅEs que no hace falta nada m√°s? ¬ŅEs la suya una situaci√≥n adecuada para servir a Dios en el cielo? ¬ŅNo es este precisamente el punto en que he insistido antes al decir que no se hallan en un estado adecuado para ser felices en el m√°s all√°? ¬ŅNo ha quedado patente que, aunque fueran admitidos sin una conversi√≥n del coraz√≥n, ser√≠an infelices en el cielo? Y ¬Ņpuede cambiarse el coraz√≥n en un d√≠a? No. No podemos cambiar a voluntad y en un momento nuestros gustos e inclinaciones. Ni siquiera los m√°s superficiales. Mucho menos podemos cambiar con una palabra la constituci√≥n y el car√°cter de nuestra personalidad. ¬ŅAcaso no es la santidad resultado de la paciencia y de muchos esfuerzos por realizar buenas obras, que van calando en nosotros, transformando poco a poco el coraz√≥n? Desde luego, no osamos poner l√≠mites a la misericordia y al poder divinos en materia de arrepentimientos tard√≠os en la vida, aunque Dios ha revelado su forma habitual de proceder. Pero es deber nuestro mantener siempre y con firmeza ante nosotros, para actuar conforme a ellas, esas grandes verdades que su santa palabra ha declarado. Su palabra nos advierte de muchos modos que, as√≠ como nadie que no sea santo hallar√° felicidad en el ...

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