Colección de arena
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Colección de arena

Italo Calvino, Aurora Bern√°rdez

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  1. 264 pages
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Colección de arena

Italo Calvino, Aurora Bern√°rdez

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Fruto de su colaboraci√≥n asidua en la prensa italiana, los escritos reunidos bajo el t√≠tulo Colecci√≥n de arena ofrecen otra dimensi√≥n narrativa de Italo Calvino, que se asoma entre las l√≠neas de estos art√≠culos como un observador que intenta describir y examinar lo que ve, que elige con cuidado objetos capaces de estimular una reflexi√≥n y que, con tal fin, se da una vuelta por museos y lugares de exposici√≥n parisinos, visita excavaciones arqueol√≥gicas en Toscana, jardines zen en Kioto, monumentos en Palenque y Pers√©polis. Un turista de la cultura que recorre con su mirada el espect√°culo de la realidad elegida, pero que jam√°s se queda en ninguna, fiel a su vocaci√≥n de curioso e inquieto comentarista de un universo visual; un coleccionista que selecciona, descompone y reelabora en un esfuerzo por dar un sentido unitario a una realidad m√ļltiple y dispersa. Los textos de esta Colecci√≥n de arena se agrupan en cuatro partes: ¬ęExposiciones-exploraciones¬Ľ, dedicada a las m√°s originales e ins√≥litas de ellas y, sobre todo, a descripciones de objetos; ¬ęEl rayo de la mirada¬Ľ y ¬ęExploraci√≥n de lo fant√°stico¬Ľ, que tratan de obras de arte o de im√°genes que han llamado su atenci√≥n; y ¬ęLa forma del tiempo¬Ľ, que describe cosas vistas en pa√≠ses lejanos, ex√≥ticos.

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Informations

√Čditeur
Siruela
Année
2012
ISBN
9788415723523
√Čdition
1

I. Exposiciones-exploraciones

Colección de arena

Hay una persona que colecciona arena. Viaja por el mundo y cuando llega a una playa marina, a las orillas de un r√≠o o de un lago, a un desierto, a una landa, recoge un pu√Īado de arena y se la lleva. A su regreso le esperan, alineados en largos anaqueles, centenares de frasquitos de vidrio en los cuales la fina arena gris del Balat√≥n, la blanqu√≠sima del golfo de Siam, la roja que en su curso el Gambia va depositando en Senegal despliegan su no vasta gama de colores esfumados, revelan una uniformidad de superficie lunar, no obstante las diferencias de granulosidad y consistencia, desde el sabl√≥n blanco y negro del Caspio, que parece empapado todav√≠a de agua salada, hasta los min√ļsculos guijarros de Maratea, tambi√©n blancos y negros, hasta la fina arena blanca punteada de caracolitos violeta de Turtle Bay, cerca de Malindi, en Kenia.
En una exposici√≥n de colecciones raras presentada hace poco en Par√≠s ‚Äďcolecciones de cencerros de vaca, juegos de loter√≠a, c√°psulas de botella, silbatos de terracota, billetes ferroviarios, trompos, envolturas de rollos de papel higi√©nico, distintivos colaboracionistas de la Ocupaci√≥n, ranas embalsamadas‚Äď, la vitrina de la colecci√≥n de arena era la menos llamativa, pero quiz√° la m√°s misteriosa, la que parec√≠a tener m√°s que decir, aun a trav√©s del opaco silencio aprisionado en el vidrio de los frasquitos.
Pasando revista a este florilegio de arena, el ojo s√≥lo percibe al principio las muestras m√°s llamativas: el color herrumbre del lecho seco de un r√≠o de Marruecos, el blanco y negro carbon√≠fero de las islas Aran, o una mezcla cambiante de rojo, blanco, negro, gris que se anuncia en la etiqueta con un nombre m√°s policromo todav√≠a: Isla de Papagayos, M√©xico. Despu√©s las diferencias m√≠nimas entre arena y arena obligan a una atenci√≥n cada vez m√°s absorta, y as√≠ se entra poco a poco en otra dimensi√≥n, en un mundo cuyos √ļnicos horizontes son estas dunas en miniatura, donde una playa de piedrecitas rosas no es igual a otra playa de piedrecitas rosas (mezcladas con blancas en Cerde√Īa y en las islas de Granada del Caribe; mezcladas con grises en Solenzara, C√≥rcega), y una extensi√≥n de min√ļsculos guijarros negros de Port Antonio, Jamaica, no es igual a la de la isla Lanzarote en las Canarias, ni a otra que viene de Argelia, tal vez del centro del desierto.
Uno tiene la impresi√≥n de que este muestrario de la Waste Land universal est√° por revelarnos algo importante: ¬Ņuna descripci√≥n del mundo?, ¬Ņun diario secreto del coleccionista?, ¬Ņo mi veredicto, yo que trato de adivinar en estas clepsidras inm√≥viles a qu√© hora ha llegado mi vida? Todo al mismo tiempo, tal vez. Del mundo, la colecci√≥n de arenas escogidas registra un residuo de largas erosiones que es la sustancia √ļltima y al mismo tiempo la negaci√≥n de su exuberante y multiforme apariencia: todos los escenarios de la vida del coleccionista parecen m√°s vivientes que en una serie de diapositivas en colores (una vida ‚Äďse dir√≠a‚Äď de eterno turismo, que es por lo dem√°s como aparece la vida en las diapositivas, y as√≠ la reconstruir√≠a la posteridad si s√≥lo quedaran ellas para documentar nuestro tiempo, un atezarse en playas ex√≥ticas alternando con exploraciones m√°s arduas, una inquietud geogr√°fica que traiciona una incertidumbre, un af√°n), evocados y al mismo tiempo borrados con el gesto compulsivo de agacharse a recoger un poco de arena y llenar una bolsita (¬Ņo un recipiente de pl√°stico?, ¬Ņo una botella de Coca-Cola?), y despu√©s volverse y partir.
Como toda colección, también ésta es un diario: diario de viajes, claro está, pero también diario de sentimientos, de estados de ánimo, de humores, aunque no podamos estar seguros, al verlos aquí embotellados y etiquetados, de que exista realmente una correspondencia entre la fría arena color tierra de Leningrado, o la finísima arena color arena de Copacabana y los sentimientos que evocan. O quizá sólo diario de esa oscura manía que nos impulsa tanto a reunir una colección como a llevar un diario, es decir, la necesidad de transformar el transcurrir de la propia existencia en una serie de objetos salvados de la dispersión o en una serie de líneas escritas, cristalizadas fuera del continuo fluir de los pensamientos.
La fascinaci√≥n de una colecci√≥n reside en lo que revela y en lo que oculta del impulso secreto que la ha motivado. Entre las colecciones extra√Īas de la exposici√≥n, una de las m√°s impresionantes era sin duda la de las m√°scaras antig√°s: una vitrina desde la cual miraban caras verdes o gris√°ceas de tela o de goma, con ciegos ojos redondos y protuberantes, la nariz-hocico como una lata o un tubo colgante. ¬ŅQu√© idea habr√° guiado al coleccionista? Un sentimiento ‚Äďcreo‚Äď a la vez ir√≥nico y aterrado hacia una humanidad que estuvo dispuesta a conformarse con esa apariencia entre animal y mec√°nica; o quiz√° tambi√©n una fe en los recursos del antropomorfismo que inventa nuevas formas a imagen y semejanza del rostro humano para adaptarse a respirar fosgeno o iperita, no sin una pizca de alegr√≠a caricaturesca. Y tambi√©n una venganza contra la guerra al fijar en esas m√°scaras un aspecto de ella r√°pidamente obsoleto y que ahora parece m√°s rid√≠culo que terrible, pero asimismo la idea de que en esa crueldad at√≥nita y estulta se reconozca todav√≠a nuestra verdadera imagen.
Si el conjunto de m√°scaras antig√°s pod√≠a transmitir un humor en cierto modo jovial y reconfortante, un poco m√°s all√° un coleccionista de Mickey Mouse produc√≠a un efecto escalofriante y angustioso. Alguien ha recogido durante toda la vida mu√Īequitos, juguetes, cajas de productos diversos, gorros, m√°scaras, camisetas, muebles, baberos, que reproducen los rasgos estereotipados del rat√≥n de Disney. Desde la vitrina atestada, centenares de negras orejas redondas, de blancos hocicos con la pelotita negra de la nariz, de guantes blancos y negros brazos filiformes, concentran su euforia melosa en una visi√≥n de pesadilla, revelan una fijaci√≥n infantil en esa √ļnica imagen tranquilizadora en medio de un mundo espantoso, de modo que la sensaci√≥n de temor termina por te√Īir ese √ļnico talism√°n humano en sus innumerables apariciones en serie.
Pero donde la obsesión del coleccionista se repliega sobre sí misma revelando el propio fondo de egotismo es en un cajón con tapa de vidrio, lleno de simples carpetas de cartón atadas con cintas, en cada una de las cuales una mano femenina ha escrito títulos como: Los hombres que me gustan, Los hombres que no me gustan, Las mujeres que admiro, Mis celos, Mis gastos diarios, Mi moda, Mis dibujos infantiles, Mis castillos, e inclusive Los papeles que envolvían las naranjas que comí.
Lo que contienen aquellos dossieres no es un misterio, porque no se trata de una expositora ocasional sino de una artista de profesi√≥n (Annette Messager, coleccionista: as√≠ firma) que ha presentado en Par√≠s y en Mil√°n varias muestras personales de sus recortes de peri√≥dico, hojas de apuntes y esbozos. Pero lo que nos interesa ahora es este despliegue de carpetas cerradas y etiquetadas, y el procedimiento mental que implican. La autora misma lo ha definido claramente: ¬ęTrato de poseer, de adue√Īarme de la vida y los acontecimientos de que me entero. Durante todo el d√≠a hojeo, recojo, ordeno, clasifico, selecciono y lo reduzco todo a la forma de √°lbumes de colecci√≥n. Estas colecciones se convierten as√≠ en mi vida ilustrada¬Ľ.
Los propios d√≠as, minuto por minuto, pensamiento por pensamiento, reducidos a colecci√≥n: la vida triturada en un polvillo de corp√ļsculos: una vez m√°s, la arena.
Vuelvo sobre mis pasos, hacia la vitrina de la colección de arena. El verdadero diario secreto que hay que descifrar está aquí, entre estas muestras de playas y de desiertos bajo vidrio. También aquí el coleccionista es una mujer (leo en el catálogo de la exposición). Pero por ahora no me interesa ponerle una cara, una figura; la veo como una persona abstracta, un yo que podría ser también yo, un mecanismo mental que trato de imaginarme en acción.
De regreso de un viaje, a√Īade nuevos frascos a los otros en fila, y de pronto advierte que sin el √≠ndigo del mar el brillo de aquella playa de conchas desmenuzadas se ha perdido; que del calor h√ļmedo del wadi no ha quedado nada en la arena recogida; que, lejos de M√©xico, la arena mezclada con lava del volc√°n Paricut√≠n es un polvo negro que parece salido de la boca de la chimenea. Trata de devolver a la memoria las sensaciones de aquella playa, aquel olor de bosque, aquel ardimiento, pero es como sacudir ese poco de arena en el fondo del frasco etiquetado.
En este momento no quedar√≠a m√°s que rendirse, separarse de la vitrina, de ese cementerio de paisajes reducidos a desiertos, de desiertos sobre los cuales ya no sopla el viento. Y sin embargo, el que ha tenido la constancia de llevar adelante durante a√Īos esa colecci√≥n sab√≠a lo que hac√≠a, sab√≠a a d√≥nde quer√≠a llegar: tal vez justamente a alejar de su persona el estr√©pito de las sensaciones deformantes y agresivas, el viento confuso de lo vivido, y a guardar finalmente la sustancia arenosa de todas las cosas, tocar la estructura sil√≠cea de la existencia. Por eso no despega los ojos de aquellas arenas, entra con la mirada en uno de los frasquitos, cava su madriguera, se interna, extrae mir√≠adas de noticias acumuladas en un montoncito de arena. Cualquier gris, una vez descompuesto en part√≠culas claras y oscuras, brillantes y opacas, esf√©ricas, poli√©dricas, chatas, deja de verse como gris o s√≥lo entonces empieza a hacernos entender el significado del gris. Descifrando as√≠ el diario de la melanc√≥lica (¬Ņo feliz?) coleccionista de arena, he llegado a preguntarme qu√© hay escrito en esa arena de palabras escritas que he alineado en mi vida, esa arena que ahora me parece tan lejos de las playas y de los desiertos del vivir. Quiz√° escrutando la arena como arena, las palabras como palabras, podamos acercarnos a entender c√≥mo y en qu√© medida el mundo triturado y erosionado puede todav√≠a encontrar en ellas fundamento y modelo.
[1974]

Qué nuevo era el Nuevo Mundo

Descubrir el Nuevo Mundo fue una empresa bien dif√≠cil, como hemos aprendido todos. Pero una vez descubierto, m√°s dif√≠cil a√ļn era verlo, entender que fuese nuevo, completamente nuevo, diferente de todo lo nuevo que siempre se hab√≠a esperado encontrar. Y la pregunta que surge espont√°neamente es √©sta: si se descubriera hoy un Nuevo Mundo, ¬Ņsabr√≠amos verlo?, ¬Ņsabr√≠amos descartar de nuestra mente todas las im√°genes que estamos acostumbrados a asociar a la expectativa de un mundo diferente (el de la ciencia ficci√≥n, por ejemplo) para captar la verdadera diversidad que se presenta a nuestros ojos?
Podemos contestar en seguida que algo ha cambiado desde los tiempos de Col√≥n: en los √ļltimos siglos los hombres han desarrollado una capacidad de observaci√≥n objetiva, un escr√ļpulo de precisi√≥n al establecer analog√≠as y diferencias, una curiosidad por todo lo que es ins√≥lito e imprevisto, cualidades todas que nuestros predecesores de la Antig√ľedad y del Medioevo no parec√≠an poseer. Podemos decir que precisamente desde el descubrimiento de Am√©rica la relaci√≥n con lo nuevo cambia en la conciencia humana. Y justamente por eso se puede decir que comienza entonces la era moderna.
¬ŅPero ser√° realmente as√≠? As√≠ como los primeros exploradores de Am√©rica no sab√≠an en qu√© momento recibir√≠an un desmentido a sus expectativas o una confirmaci√≥n de semejanzas archisabidas, as√≠ tambi√©n podemos nosotros pasar sin darnos cuenta junto a fen√≥menos jam√°s vistos porque nuestros ojos y nuestras mentes est√°n acostumbrados a elegir y catalogar s√≥lo aquello que entra en las clasificaciones aceptadas. Tal vez se nos abre todos los d√≠as un Nuevo Mundo y no lo vemos.
Me hice estas reflexiones mientras visitaba la exposici√≥n ¬ęAm√©rica vista desde Europa¬Ľ, que re√ļne, en el Grand Palais de Par√≠s, m√°s de 350 cuadros, estampas, objetos, referentes todos a la imagen que los europeos se forjaron del Nuevo Mundo desde las primeras noticias que llegaron despu√©s del viaje de las carabelas, hasta lo que se fue adquiriendo en las exploraciones y descripciones del Continente.
√Čstas son las orillas de Espa√Īa desde las cuales el rey Fernando de Castilla da a las carabelas orden de zarpar. Y este brazo de mar es el oc√©ano Atl√°ntico que Crist√≥bal Col√≥n atraviesa para llegar a las fabulosas islas de las Indias. Col√≥n se asoma desde la proa de su nave ¬Ņy qu√© ve? Un grupo de hombres y mujeres desnudos que salen de sus caba√Īas. Apenas transcurrido un a√Īo desde el primer viaje de Col√≥n, as√≠ representa un grabador florentino el descubrimiento de lo que todav√≠a no se sab√≠a que era Am√©rica. Nadie sospechaba a√ļn que se hubiese inaugurado una nueva era en la historia del mundo, pero la emoci√≥n suscitada por el acontecimiento se hab√≠a difundido en toda Europa. La relaci√≥n de Col√≥n inspira inmediatamente un poema en octavas del florentino Giuliano Dati, en el estilo de un cantar caballeresco, y este grabado es justamente una ilustraci√≥n del libro.
La caracter√≠stica de los habitantes de las nuevas tierras que m√°s sorprende a Col√≥n y a todos los primeros viajeros es la desnudez, y √©ste es el primer dato que pone en movimiento la fantas√≠a de los ilustradores. Los hombres son todav√≠a representados con barba; la noticia de que los indios tuvieran caras lampi√Īas al parecer a√ļn no se hab√≠a divulgado. Con el segundo viaje de Col√≥n y sobre todo con las relaciones m√°s detalladas y coloridas de Am√©rico Vespucio, a la desnudez se a√Īade otra caracter√≠stica que llena a Europa de emoci√≥n: el canibalismo.
Al ver a un grupo de mujeres indias en la orilla ‚Äďcuenta Vespucio‚Äď, los portugueses hicieron desembarcar a uno de sus marineros, famoso por su belleza, para que parlamentara con ellas. Las mujeres lo rodearon prodig√°ndole caricias y expresiones de admiraci√≥n, pero entre tanto una de ellas, desde atr√°s, le asest√≥ un mazazo en la cabeza que lo aturdi√≥. El desventurado fue arrastrado, despedazado, asado y comido.
La primera pregunta que Europa se hace sobre los habitantes de las nuevas tierras es la siguiente: ¬Ņpertenecen realmente al g√©nero humano? La tradici√≥n cl√°sica y medieval hablaba de remotas comarcas pobladas de monstruos. Pero estas leyendas pronto quedan desacreditadas: los indios no son s√≥lo seres humanos sino ejemplares de una belleza cl√°sica. Nace el mito de una vida feliz, que no conoce la propiedad ni la fatiga, como en la Edad de Oro o en el Para√≠so terrenal.
De los toscos grabados en madera la representaci√≥n de los indios pasa a la pintura. El primer americano que vemos en la historia de la pintura europea es uno de los Reyes Magos, en un cuadro portugu√©s fechable hacia 1505, es decir, apenas unos doce a√Īos despu√©s del primer viaje de Col√≥n, y a√ļn menos del desembarco de los portugueses en Brasil. Todav√≠a se cree que las nuevas tierras forman parte del Extremo Oriente asi√°tico. La tradici√≥n quiere que en los cuadros de la Natividad de Cristo los Reyes Magos est√©n representados con atuendos y tocados orientales. Ahora que los relatos de los viajeros proporcionan un testimonio directo sobre esos legendarios habitantes de las Indias, los pintores se ponen al d√≠a. El Rey Mago indio lleva en la cabeza una corona de plumas en abanico como en ciertas tribus brasile√Īas, y en la mano una flecha tupinamba. Como es un cuadro de iglesia el personaje no puede estar desnudo: le endosan un jub√≥n y un par de calzones occidentales.
En 1537 el papa Pablo III declara: ¬ęLos indios son verdaderos hombres... no s√≥lo capaces de comprender la fe cat√≥lica, sino sumamente deseosos de recibirla¬Ľ.
Tocados de plumas, armas, frutas, animales del Nuevo Mundo empiezan a llegar a Europa. Estamos en 1517 y un grabador alemán dibuja un séquito de habitantes de Calcuta, mezclando elementos asiáticos, como el elefante y su cornac, las vacas enguirnaldadas, los carneros de gruesa cola, con detalles que provienen de los nuevos descubrimientos: cabezas emplumadas (y vestimentas de plumas absolutamente imaginarias), un papagayo ara del Brasil, y también dos mazorcas de maíz, el cereal que habrá de tener tanta importancia en la agricultura y en la alimentación de Italia septentrional, y cuyo origen americano pronto quedará olvidado, tanto que en italiano se le llamará granturco.
A través de la obra de los grandes cartógrafos del siglo XVI vemos cómo cobran forma no sólo los nuevos territorios sino también las primeras imágenes verdaderas de la fauna, la flora y las costumbres de las poblaciones. Los cartógrafos que trabajaban en estrecho contacto con los exploradores disponían de informaciones de primera mano. Los ...

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