El cuerpo en que nací
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El cuerpo en que nací

Guadalupe Nettel

  1. 200 pages
  2. Spanish
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El cuerpo en que nací

Guadalupe Nettel

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Inspirada en la infancia de la autora, El cuerpo en que nac√≠ es la historiade una ni√Īa con un defecto de nacimiento en un ojo. Su vida, durantelos a√Īos setenta, se ve influida por su escasa visi√≥n pero tambi√©n por la ideolog√≠a dominante en esa √©poca: el matrimonio abierto de sus padres, las escuelas activas, las comunas hippies, la libertad sexual y su correlato. Las diferencias f√≠sicas y psicol√≥gicas que la distinguen hacen que la protagonista se identifique con los seres que viven al margen de las modas y de las convenciones sociales.

Escrita a modo de soliloquio en el diván de un psicoanalista, la narradora nos hace partícipes de sus recuerdos más íntimos y de las interpretaciones que hace de su propia vida. Se trata de una historia llena de sentido del humor pero también de realismo, en la que el mundo infantil se presenta mucho más ominoso de lo que parece a simple vista.

Una conmovedora novela de iniciación a la vida y a la literatura, que recorre el camino de vuelta hacia la dignidad y hacia la aceptación de uno mismo; un Bildungsroman situado entre América Latina y Europa, de las que muestra las facetas menos obvias: el exilio sudamericano, la migración magrebí o las prisiones de la ciudad de México constituyen parte de su contexto.

Guadalupe Nettel confirma con El cuerpo en que nac√≠ lo que la cr√≠ticaha celebrado desde su debut: que es una de las revelaciones en lengua espa√Īola de la √ļltima d√©cada. As√≠, por ejemplo, el escritor colombiano Juan Gabriel V√°squez afirm√≥: ¬ęHac√≠a mucho tiempo no me encontraba, en la literatura de mi generaci√≥n, con un mundo tan personal e intransferible como el de Guadalupe Nettel.¬Ľ

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Informations

Année
2011
ISBN
9788433933201

I

Nac√≠ con un lunar blanco, o lo que otros llaman una mancha de nacimiento, sobre la c√≥rnea de mi ojo derecho. No habr√≠a tenido ninguna relevancia de no haber sido porque la m√°cula en cuesti√≥n estaba en pleno centro del iris, es decir justo sobre la pupila por la que debe entrar la luz hasta el fondo del cerebro. En esa √©poca, no se practicaban a√ļn los trasplantes de c√≥rnea en ni√Īos reci√©n nacidos: el lunar estaba condenado a permanecer ah√≠ durante varios a√Īos. La obstrucci√≥n de la pupila favoreci√≥ el desarrollo paulatino de una catarata, de la misma manera en que un t√ļnel sin ventilaci√≥n se va llenando de moho. El √ļnico consuelo que los m√©dicos pudieron dar a mis padres en aquel momento fue la espera. Seguramente, cuando su hija terminara de crecer, la medicina habr√≠a avanzado lo suficiente para ofrecer la soluci√≥n que entonces les faltaba. Mientras tanto, les aconsejaron someterme a una serie de ejercicios fastidiosos para que desarrollara, en la medida de lo posible, el ojo deficiente. Esto se hac√≠a con movimientos oculares semejantes a los que propone Aldous Huxley en El arte de ver pero tambi√©n ‚Äďy es lo que m√°s recuerdo‚Äď por medio de un parche que me tapaba el ojo izquierdo durante la mitad del d√≠a. Se trataba de un pedazo de tela con las orillas adhesivas semejantes a las de una calcoman√≠a. El parche era color carne y ocultaba desde la parte superior del p√°rpado hasta el principio del p√≥mulo. A primera vista, daba la impresi√≥n de que en lugar de globo ocular s√≥lo ten√≠a una superficie lisa. Llevarlo me causaba una sensaci√≥n opresiva y de injusticia. Era dif√≠cil aceptar que me lo pusieran cada ma√Īana y que no hab√≠a escondite o llanto que pudiera liberarme de aquel suplicio. Creo que no hubo un solo d√≠a en que no me resistiera. Habr√≠a sido tan f√°cil esperar a que me dejaran en la puerta de la escuela para quit√°rmelo de un tir√≥n, con el mismo gesto despreocupado con el que sol√≠a arrancarme las costras de las rodillas. Sin embargo, por una raz√≥n que a√ļn no logro comprender, nunca intent√© despegarlo.
Con ese parche yo deb√≠a ir a la escuela, reconocer a mi maestra y las formas de mis √ļtiles escolares, volver a casa, comer y jugar durante una parte de la tarde. Alrededor de las cinco, alguien se acercaba a m√≠ para avisarme que era hora de desprenderlo y, con esas palabras, me devolv√≠a al mundo de la claridad y de las formas n√≠tidas. Los objetos y la gente con los que me hab√≠a relacionado hasta ese momento aparec√≠an de una manera distinta. Pod√≠a ver a distancia y deslumbrarme con la copa de los √°rboles y su infinidad de hojas, el contorno de las nubes en el cielo, los matices de las flores, el trazado tan preciso de mis huellas digitales. Mi vida se divid√≠a as√≠ entre dos clases de universo: el matinal, constituido sobre todo por sonidos y est√≠mulos olfativos, pero tambi√©n por colores nebulosos, y el vespertino, siempre liberador y a la vez de una precisi√≥n apabullante.
El colegio era, en tales circunstancias, un lugar a√ļn m√°s inh√≥spito de lo que suelen ser esas instituciones. Ve√≠a poco, pero lo suficiente para saber c√≥mo manejarme dentro de aquel laberinto de pasillos, bardas y jardines. Me gustaba subir a los √°rboles. Mi sentido del tacto superdesarrollado me permit√≠a distinguir con facilidad las ramas s√≥lidas de las enclenques y saber en qu√© grietas del tronco se insertaba mejor el zapato. El problema no era el espacio, sino los dem√°s ni√Īos. Ellos y yo sab√≠amos que entre nosotros hab√≠a varias diferencias y nos segreg√°bamos mutuamente. Mis compa√Īeros de clase se preguntaban con suspicacia qu√© ocultaba detr√°s del parche ‚Äďdeb√≠a ser algo aterrador para tener que cubrirlo‚Äď y, en cuanto me distra√≠a, acercaban sus manitas llenas de tierra intentando tocarlo. El ojo derecho, el que s√≠ estaba a la vista, les causaba curiosidad y desconcierto. De adulta, en algunas ocasiones, ya sea en el consultorio del oculista o en la banca de alg√ļn parque, vuelvo a coincidir con uno de esos ni√Īos parchados y reconozco en ellos esa misma ansiedad tan caracter√≠stica de mi infancia que les impide estarse quietos. Para m√≠, se trata de una inconformidad ante el peligro y la prueba de que tienen un gran instinto de supervivencia. Son inquietos porque no soportan la idea de que ese mundo nebuloso se les escape de las manos. Deben explorar, encontrar la manera de apropiarse de √©l. No hab√≠a otros ni√Īos as√≠ en mi colegio, pero ten√≠a compa√Īeros con otro tipo de anormalidades. Recuerdo a una nena muy dulce que era paral√≠tica, un enano, una rubia de labio leporino, un ni√Īo con leucemia que nos abandon√≥ antes de terminar la primaria. Todos nosotros compart√≠amos la certeza de que no √©ramos iguales a los dem√°s y de que conoc√≠amos mejor esta vida que aquella horda de inocentes que, en su corta existencia, a√ļn no hab√≠an enfrentado ninguna desgracia.
Mis padres y yo visitamos oftalm√≥logos en las ciudades de Nueva York, Los √Āngeles y Boston pero tambi√©n Barcelona y Bogot√°, donde oficiaban los c√©lebres hermanos Barraquer. En cada uno de esos lugares, resonaba el mismo diagn√≥stico como un eco macabro que se repite a s√≠ mismo, postergando la soluci√≥n a un hipot√©tico futuro. El m√©dico que m√°s frecuentamos oficiaba en el hospital oftalmol√≥gico de San Diego, justo detr√°s de la frontera, donde tambi√©n viv√≠a la hermana de mi padre. Se llamaba John Pentley y ten√≠a el aspecto de un viejito bondadoso que prepara potingues y receta gotas para la felicidad. Administraba a mis padres una pomada espesa que ellos esparc√≠an cada ma√Īana dentro de mi ojo. Tambi√©n pon√≠an unas gotas de atropina, sustancia que dilata la pupila a su m√°xima capacidad y que me hac√≠a ver el mundo de manera deslumbrada, como si la realidad se hubiese convertido en la sala de un interrogatorio c√≥smico. Ese mismo m√©dico aconsejaba la exposici√≥n de mis ojos a la luz negra. Para hacerlo, mis padres construyeron una caja de madera en la que cab√≠a perfectamente mi peque√Īa cabeza, y la iluminaban con un foco de esas caracter√≠sticas. En el fondo, a manera de un cinemascopio primitivo, circulaban dibujos de animales: un venado, una tortuga, un p√°jaro, un pavorreal. La rutina ten√≠a lugar por la tarde. Justo despu√©s, me quitaban el parche. Quiz√°s, as√≠ contado, pueda parecer divertido, pero la verdad es que yo lo viv√≠a como un aut√©ntico tormento. Hay personas a las que obligan durante su infancia a estudiar un instrumento de m√ļsica o a entrenarse para competiciones de gimnasia, a m√≠ se me entrenaba a ver con la misma disciplina con que otros preparan su futuro como deportistas.
Pero la vista no era la √ļnica obsesi√≥n en mi familia. Mis padres parec√≠an tomar la infancia como una etapa preparatoria en la que deben corregirse todos los defectos de f√°brica con los que uno llega al mundo y se tomaban esa labor muy en serio. Recuerdo que una tarde, durante una consulta al ortopedista ‚Äďquien carec√≠a a todas luces de conocimientos de psicolog√≠a infantil‚Äď, se le ocurri√≥ asegurar que mis esquiotibiales eran demasiado cortos y que eso explicaba mi tendencia a encorvar la espalda como si intentara protegerme de algo. Cuando miro las fotos de aquella √©poca, me parece que la curvatura en cuesti√≥n era apenas perceptible en las poses de perfil. Mucho m√°s notoria resulta mi cara tensa y al mismo tiempo sonriente, como la que puede percibirse en algunas im√°genes que tom√≥ Diane Arbus de los ni√Īos en los suburbios neoyorquinos. Sin embargo, mi madre adopt√≥ como un desaf√≠o personal la correcci√≥n de mi postura, a la que se refer√≠a con frecuencia con met√°foras de animales. De modo que, a partir de entonces, adem√°s de los ejercicios para fortalecer el ojo derecho, incorporaron a mi rutina diaria una serie de estiramientos para las piernas. Tanto parec√≠a llamarle la atenci√≥n esa tendencia m√≠a al enconchamiento que termin√≥ encontrando un apodo o ¬ęnombre de cari√Īo¬Ľ que, seg√ļn ella, correspond√≠a perfectamente a mi manera de caminar.
‚ÄאּCucaracha! ‚Äďgritaba cada dos o tres horas‚Äď, ¬°endereza la espalda!
‚ÄďCucarachita, es hora de ponerse la atropina.
Quiero que me diga sin tapujos, doctora Sazlavski, si un ser humano puede salir indemne de semejante r√©gimen. Y si es as√≠, ¬Ņpor qu√© no fue mi caso? Mir√°ndolo bien, no es algo tan extra√Īo. Muchas personas deben padecer durante su ni√Īez ese trato correctivo que no responde sino a las obsesiones, m√°s o menos arbitrarias, de los padres: ¬ęNo se habla as√≠ sino de esta otra manera¬Ľ, ¬ęNo se come de esa forma sino de esta otra¬Ľ, ¬ęNo se hacen tales cosas sino tales otras¬Ľ, ¬ęNo se piensa esto sino aquello¬Ľ. Quiz√°s en eso radique la verdadera conservaci√≥n de la especie, en perpetuar hasta la √ļltima generaci√≥n de humanos las neurosis de nuestros antepasados, las heridas que nos vamos heredando como una segunda carga gen√©tica.
M√°s o menos a la mitad de todo este entrenamiento, un hecho importante tuvo lugar en nuestra estructurada vida de familia: una tarde, muy poco antes de las vacaciones de verano, mi madre trajo al mundo a Lucas, un ni√Īo rubio y rollizo que la entretuvo bastante y que logr√≥ distraer su actividad correctiva al menos por unos meses. No hablar√© demasiado de mi hermano pues no es mi intenci√≥n contar o interpretar su historia como tampoco me interesa contar ni interpretar la de nadie, excepto la m√≠a. Sin embargo, para desgracia de mi hermano y de mis padres, buena parte de su vida se entrelaza con la m√≠a. Aun as√≠, quisiera aclarar que el origen de este relato radica en la necesidad de entender ciertos hechos y ciertas din√°micas que forjaron esta amalgama compleja, este mosaico de im√°genes, recuerdos y emociones que conmigo respira, recuerda, se relaciona con los otros y se refugia en el l√°piz como otros se refugian en el alcohol o en el juego.
Un verano, finalmente el doctor Pentley anunci√≥ que pod√≠amos dejar atr√°s el uso cotidiano del parche. Seg√ļn √©l, mi nervio √≥ptico se hab√≠a desarrollado hasta el m√°ximo de su capacidad. S√≥lo quedaba esperar a que terminara de crecer para poder operarme. Aunque han pasado ya casi treinta a√Īos desde entonces, no he olvidado ese momento. Era una ma√Īana fresca iluminada por el sol. Mis padres, mi hermano y yo salimos de la cl√≠nica tomados de la mano. Muy cerca de all√≠ hab√≠a un parque al que fuimos a pasear en busca de un helado, como la familia normal que ser√≠amos ‚Äďo al menos eso so√Ī√°bamos‚Äď a partir de ese momento. Pod√≠amos felicitarnos: hab√≠amos ganado la batalla por resistencia.
Entre los buenos momentos que tuve con mi familia, recuerdo en particular los fines de semana que pasamos juntos en nuestra casa de campo, situada en el estado de Morelos, a una hora de la Ciudad de M√©xico. Mi padre hab√≠a adquirido aquel terreno justo despu√©s del nacimiento de mi hermano y construy√≥ una casa dise√Īada por mi madre con ayuda de un prestigioso arquitecto. Llevados por no s√© qu√© sue√Īos rom√°nticos, levantaron un establo y una caballeriza. Sin embargo, los √ļnicos animales que llegamos a tener fueron un pastor alem√°n y una buena cantidad de gallinas muy aplicadas en la producci√≥n de huevos. Por m√°s que insist√≠, nunca logr√© que compraran borregos ni ponis. La relaci√≥n que ten√≠amos con la Betty, nuestra perra de fin de semana, era amorosa y distante a la vez. Nunca sentimos la responsabilidad de educarla, sacarla a pasear o alimentarla y por lo tanto, aunque nos trataba muy cari√Īosamente, su fidelidad canina le pertenec√≠a al jardinero. Detr√°s de la granja hab√≠a un arroyo transparente donde sol√≠amos ba√Īarnos con bolsas de pl√°stico para cazar renacuajos y ajolotes, esos animales misteriosos que Cort√°zar habr√≠a de mitificar en un cuento. Mi hermano y yo pas√°bamos m√°s de cinco horas al d√≠a metidos en el agua con las botas de pl√°stico y el traje de ba√Īo puestos. Ahora, treinta a√Īos m√°s tarde, resulta impensable ba√Īarse en ese r√≠o lleno de excrementos y residuos t√≥xicos. Una de las maravillas de esa casa era la abundancia de sus √°rboles frutales, sobre todo mangos, limones y aguacates. Muchas veces, al volver a la ciudad, llev√°bamos en el coche cajas de esta √ļltima fruta para vender en los departamentos vecinos. Mi hermano y yo nos encarg√°bamos de esa tarea y as√≠ junt√°bamos unos buenos ahorros que despilfarrar durante las vacaciones.
Por esas fechas ‚Äďyo deb√≠a estar comenzando la primaria‚Äď empec√© a adquirir el h√°bito de la lectura. Hab√≠a empezado a leer un par de a√Īos atr√°s, pero, dado que ahora ten√≠a un acceso continuo al universo n√≠tido al que pertenecen las letras y los dibujos de los libros infantiles, decid√≠ aprovecharlo. Le√≠a cuentos principalmente, algunos m√°s o menos largos como los de Wilde y los de Stevenson. Prefer√≠a las historias de suspenso o de miedo como El retrato de Dorian Gray o El diablo en una botella. Tambi√©n le√≠a con frecuencia un volumen de leyendas b√≠blicas que ten√≠a mi padre ‚Äďigual o m√°s aterradoras‚Äď, como aquella en la que la princesa Salom√© decide decapitar al hombre que tanto deseaba o aquella en la que arrojan a Daniel a la fosa de los leones. El paso a la escritura se dio naturalmente. En mis cuadernos a rayas, de forma francesa, apuntaba historias en las que los protagonistas eran mis compa√Īeros de clase que paseaban por pa√≠ses remotos donde les suced√≠an toda clase de calamidades. Aquellos relatos eran mi oportunidad de venganza y no pod√≠a desperdiciarla. La maestra no tard√≥ en darse cuenta y, movida por una extra√Īa solidaridad, decidi√≥ organizar una tertulia literaria para que pudiera expresarme. No acept√© leer en p√ļblico sin antes asegurarme de que alg√ļn adulto se quedar√≠a a mi lado esa tarde hasta que mis padres vinieran a buscarme, pues era probable que a m√°s de uno de mis compa√Īeros le diera por ajustar cuentas a la salida de clases. Sin embargo, las cosas ocurrieron de forma distinta a como yo esperaba: al terminar la lectura de un relato en el que seis compa√Īeritos mor√≠an tr√°gicamente mientras intentaban escapar de una pir√°mide egipcia, los ni√Īos de mi sal√≥n aplaudieron emocionados. Quienes hab√≠an protagonizado la historia se aproximaron satisfechos a felicitarme, y quienes no, me suplicaron que los hiciera part√≠cipes del siguiente cuento. As√≠ fue como poco a poco adquir√≠ un lugar particular dentro de la escuela. No hab√≠a dejado de ser marginal, pero esa marginalidad ya no era opresiva.
Eran los a√Īos setenta y mi familia hab√≠a abrazado algunas de las ideas progresistas que imperaban en ese momento. Mi escuela, por ejemplo, era uno de los pocos colegios Montessori de la Ciudad de M√©xico (ahora hay uno en cada esquina). S√© que en esa √©poca hab√≠a instituciones donde los ni√Īos pod√≠an hacer literalmente lo que les diera la gana. Pod√≠an, para no ir m√°s lejos, incendiar las aulas de clase sin por ello ir a la c√°rcel ni sufrir castigos contundentes. En mi escuela, en cambio, no ten√≠amos ni una libertad absoluta ni una asfixiante disciplina. No hab√≠a pizarr√≥n ni pupitres dispuestos frente a la maestra, que, por cierto, no respond√≠a a ese mote sino al de ¬ęgu√≠a¬Ľ. Los ni√Īos cont√°bamos con una mesa verdadera, un escritorio que nos pertenec√≠a, al menos durante ese a√Īo, y sobre el cual era l√≠cito dejar marcas distintivas, dibujos o calcoman√≠as, siempre y cuando no da√Ī√°ramos el mobiliario irreparablemente. Junto a las paredes, hab√≠a libreros y repisas en los que se guardaba el material de trabajo: mapas de madera a modo de rompecabezas con todos los pa√≠ses y las banderas del mundo; tablas de multiplicar semejantes al Scrabble, letras con texturas, campanas de diferentes tama√Īos, figuras geom√©tricas de metal, l√°minas plastificadas con las diversas partes de la anatom√≠a humana y sus nombres, por mencionar algunos. Antes de utilizarlos, cada ni√Īo deb√≠a pedir instrucciones a la gu√≠a. Poco importaba lo que uno hiciera durante la ma√Īana con tal de que trabajara en algo o por lo menos lo fingiera. Varias veces al a√Īo, se celebraban reuniones de todas las familias y era entonces cuando uno consegu√≠a medir los estragos que aquella d√©cada desatada hab√≠a causado en cada una. A esas fiestas acud√≠an por ejemplo ni√Īos cuyos padres viv√≠an en tr√≠o o en otras situaciones de poligamia y, en vez de sentirse avergonzados, se jactaban de ello. Los nombres de mis contempor√°neos constituyen otro vestigio elocuente de esa √©poca. Algunos respond√≠an a las tendencias ideol√≥gicas de la familia como ¬ęKrouchevna¬Ľ, ¬ęLenin¬Ľ, incluso ¬ęSoviet Supremo¬Ľ, a quien apodamos ¬ęel Viet¬Ľ. Otros a creencias religiosas como ¬ęUma¬Ľ o ¬ęLini¬Ľ, cuyo nombre completo hac√≠a honor a la serpiente energ√©tica de la India, y otros a cultos m√°s personales como ¬ęCl√≠toris¬Ľ. √Čste era el nombre de una ni√Īa hermosa e inocente ‚Äďhija de un escritor infrarrealista‚Äď que no comprend√≠a a√ļn el agravio que le hab√≠an hecho sus padres y que, para su desgracia, no contaba con ning√ļn apodo.
Por fortuna, mi familia no era tan estrafalaria. Ten√≠an ideas bizarras acerca de nuestra educaci√≥n, pero nada que pudiera afectarnos de forma irremediable. Entre las consignas particulares que se hab√≠an impuesto, estaba la de no mentirnos. Decisi√≥n absurda ‚Äďdesde mi punto de vista‚Äď que lograron respetar, durante algunos a√Īos, en cosas no tan fundamentales, como la inutilidad de la religi√≥n, la existencia de Santa Claus, en quien nunca nos permitieron creer, o la forma en que los ni√Īos vienen al mundo. Vivir bajo esas condiciones tambi√©n nos situaba al margen de la mayor√≠a: si a alguna edad es posible disfrutar la √©poca ominosa que sobreviene al final de cada a√Īo: los villancicos en el supermercado, los pinos decorados en las ventanas, y todo lo que constituye a la as√≠ llamada ¬ęmagia de la Navidad¬Ľ, a nosotros se nos priv√≥ de ello. Cada vez que un hombre gordo con barba postiza y el caracter√≠stico traje rojo aparec√≠a en los pasillos de los centros comerciales a los que acud√≠amos, mis padres se acuclillaban para susurrarnos al o√≠do que se trataba de un impostor, ¬ęun se√Īor disfrazado sin otra manera de ganarse la vida¬Ľ. Con esas pocas palabras, convert√≠an al fabuloso Santa en un ser lastimero, por no decir pat√©tico. Nuestros compa√Īeros de escuela, en cambio, s√≠ cre√≠an en toda esa parafernalia y por supuesto la disfrutaban. Con toda inocencia, escrib√≠an sus cartas de fin de a√Īo, pidiendo tal o cual regalo, cartas a veces exageradas que sus padres procuraban cumplir al pie de la letra. Varios de esos pap√°s se acercaron a nosotros a la salida de clase para suplicarnos que no revel√°ramos el secreto. Mi hermano y yo deb√≠amos mordernos la lengua, resistir a la enorme tentaci√≥n de desenga√Īarlos. He de reconocer que tambi√©n sent√≠a cierta nostalgia de aquella ilusi√≥n. Me parec√≠a una injusticia no poder creer en los cuentos navide√Īos como todos los dem√°s. El d√≠a 25 nosotros encontr√°bamos, debajo del pino, regalos que nuestros padres hab√≠an dejado sobre aviso durante la noche. Est√°n, entre los m√°s memorables, un triciclo rojo que us√© hasta los cinco a√Īos y tambi√©n un par de binoculares que inauguraron toda una vocaci√≥n de vida: nuestro departamento estaba situado en un conjunto de edificios y las ventanas de los vecinos constitu√≠an un men√ļ casi ilimitado. El aumento de esos gemelos no era muy poderoso pero permit√≠a ver de forma aproximada lo que suced√≠a en los alrededores. No s√© si al elegir este obsequio mis padres fueron conscientes de ello, pero para m√≠ se trat√≥ de una peque√Īa compensaci√≥n por los a√Īos en que hab√≠an limitado mi vista con el parche. Gracias a esta maravillosa herramienta, yo pude entrar durante a√Īos en las viviendas ajenas y observar cosas a las que los dem√°s no ten√≠an acceso.
Otra de las ideas dominantes en mi familia era la de otorgarnos una educaci√≥n sexual libre de tab√ļes y represiones de cualquier √≠ndole. √Čsta se llevaba a cabo a trav√©s de un di√°logo abierto y en ocasiones excesivamente franco sobre el tema, pero tambi√©n por medio de relatos aleg√≥ricos. Durante muchas noches ‚Äďaunque tambi√©n pod√≠a ocurrir a mitad de la tarde si lo consideraba oportuno‚Äď mi madre me contaba una historia de su propia y sorprendente inspiraci√≥n, aclarando, eso s√≠, que se trataba de un relato ficticio con prop√≥sitos educativos. Recuerdo por ejemplo su versi√≥n muy peculiar de ¬ęLa bella durmiente¬Ľ m√°s o menos as√≠:
Una tarde fr√≠a, de invierno, la reina llam√≥ alarmada al doctor de la corte para explicarle que hac√≠a m√°s de dos meses que no menstruaba. El m√©dico, asombrado de la ingenuidad de su soberana, le respondi√≥: ¬ęSu majestad deber√≠a saber a estas alturas que si una mujer ‚Äďnoble o plebeya‚Äď no sangra durante m√°s de treinta d√≠as seguidos, lo m√°s probable es que se encuentre pre√Īada.¬Ľ Esa tarde el rey y la reina anunciaron la noticia a los s√ļbditos: muy pronto habr√≠a un heredero al trono. Y fue as√≠ como, en menos de nueve meses, naci√≥ una bella princesita a la que llamaron Aurora.
Lo que suced√≠a despu√©s: la rueca envenenada, el sue√Īo de la princesa y todo lo dem√°s, dejaba de tener importancia despu√©s de un inicio como √©se. Sin embargo...

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Nettel, G. (2011). El cuerpo en que nací ([edition unavailable]). Editorial Anagrama. Retrieved from https://www.perlego.com/book/3174481/el-cuerpo-en-que-nac-pdf (Original work published 2011)

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Nettel, Guadalupe. (2011) 2011. El Cuerpo En Que Nací. [Edition unavailable]. Editorial Anagrama. https://www.perlego.com/book/3174481/el-cuerpo-en-que-nac-pdf.

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Nettel, G. (2011) El cuerpo en que nací. [edition unavailable]. Editorial Anagrama. Available at: https://www.perlego.com/book/3174481/el-cuerpo-en-que-nac-pdf (Accessed: 15 October 2022).

MLA 7 Citation

Nettel, Guadalupe. El Cuerpo En Que Nací. [edition unavailable]. Editorial Anagrama, 2011. Web. 15 Oct. 2022.