José Sazbón
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José Sazbón

Una antología comentada de su obra

Ricardo Piglia, Alberto Aníbal Pérez y Daniel Lvovich

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Una antología comentada de su obra

Ricardo Piglia, Alberto Aníbal Pérez y Daniel Lvovich

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En este libro, los principales n√ļcleos de la obra de Jos√© Sazb√≥n est√°n organizados en secciones, cada una de las cuales consta de una introducci√≥n y una selecci√≥n de art√≠culos a cargo de especialistas en cada √°rea. As√≠, presentamos aqu√≠ sus textos fundamentales, ordenados seg√ļn los grandes temas a los que dedic√≥ su obra: el marxismo, el estructuralismo, la memoria, la historiograf√≠a, la Revoluci√≥n francesa, la Escuela de Frankfurt y la historia intelectual. Junto al bello texto de Ricardo Piglia, al di√°logo hasta ahora in√©dito entre Sazb√≥n y Perry Anderson y a las secciones dedicadas a la biblioteca y a la bibliograf√≠a del autor, este libro ofrece una herramienta sistem√°tica para acceder al pensamiento de uno de los intelectuales m√°s relevantes de la Argentina de la segunda mitad del siglo XX.

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Informations

Année
2020
ISBN
9789876996341

Hacia una historia estructural.
El proyecto arqueológico

José Sazbón
El conocimiento hist√≥rico, conocimiento de la historia de los hombres, parece tener, a primera vista, un objeto claro, delimitado y f√°cilmente situable: se trata de recuperar una realidad social e individual alejada de nosotros en el tiempo (y, a veces, tambi√©n en el espacio) por medio de operaciones que la vuelvan inteligible, transparente a nuestra mirada. Es este el marco formal de sus estudios y no parece sujeto a controversia. As√≠, un historiador puede comenzar una disertaci√≥n ante sus colegas afirmando simplemente: ‚Äúla tarea del historiador consiste en reconstituir el pasado. Este es un punto sobre el que todo el mundo, historiadores profesionales y profanos, est√°n de acuerdo‚ÄĚ1.
En efecto, existe una unanimidad que a veces vela los problemas epistemol√≥gicos propios de la ‚Äúreconstituci√≥n‚ÄĚ hist√≥rica. ¬ŅDe d√≥nde partir para este trabajo recuperador? Claro est√°: de las fuentes. Solo que este primer movimiento natural del historiador es menos inocente de lo que parece.
Las ‚Äúfuentes‚ÄĚ no son tales sino por una decisi√≥n de quien las busca, por una convergencia de la mirada que sit√ļa ese objeto en medio de otros confiri√©ndole un valor iluminador, otorg√°ndole la cualidad de √≠ndice que se√Īala algo que se trata de reconstruir. Pero esa se√Īal que el historiador encuentra no tiene, como las cosas de la naturaleza, una exterioridad total; justamente: se√Īala. Apunta a un contexto de utilizaci√≥n, a una trama de relaciones, a un universo de sentido. As√≠ surge la ilusi√≥n de que aumentando la cantidad de ‚Äúse√Īales‚ÄĚ encontradas, de fuentes, aparecer√° con m√°s nitidez el universo se√Īalado, el momento hist√≥rico. En el l√≠mite ‚Äďrepresentado por la historiograf√≠a cl√°sica‚Äď esto implica la posibilidad de establecer un nivelamiento entre lo que el historiador llega a saber sobre un per√≠odo, un momento de la historia, y lo que sab√≠an de s√≠ mismos los contempor√°neos de ese per√≠odo. Esta ilusi√≥n supone, al menos, dos olvidos.
En primer lugar, el historiador no puede ver los hechos del pasado como sus contempor√°neos los vieron. Estos ven desarrollarse los hechos ‚Äúsobre el trasfondo del pasado, mientras que el historiador confronta siempre los acontecimientos con lo que se producir√° m√°s tarde‚ÄĚ2. Aun aceptando que los acontecimientos sean los mismos para unos y otro, el problema es ‚Äúqui√©n, de los contempor√°neos o el historiador, ve la realidad‚ÄĚ3. El historiador cuenta con una informaci√≥n suplementaria respecto de la que poseen los contempor√°neos de la √©poca estudiada; puede discriminar, entre la masa de hechos, actitudes, proyectos, decisiones, aquellos que tienen un car√°cter fundamental y los que, en cambio ‚Äďa pesar de la valoraci√≥n que le dieron los hombres de la √©poca‚Äď, son solo accidentales, accesorios. Solo que este privilegio es, a su vez, una modalidad de la propia situaci√≥n hist√≥rica del historiador: ser√°n sus valores, sus prejuicios, sus expectativas, sus ideales, los que encuadrar√°n la distinci√≥n entre fundamental y accesorio. Se ha dicho que cada generaci√≥n de historiadores ha percibido de manera distinta la Revoluci√≥n francesa. Desde luego, cada una ten√≠a, respecto de las anteriores, m√°s informaci√≥n y, tal vez, mayor refinamiento cr√≠tico. Pero sobre todo es una modulaci√≥n en el marco de captaci√≥n de los hechos lo que distingue a unas de otras, a un historiador de otros. El acontecimiento no es un dato bruto, localizable apenas entre en el campo de la visi√≥n. Extremando el escepticismo se podr√≠a preguntar, con L√©vi-Strauss: ‚Äúpor hip√≥tesis, el hecho hist√≥rico es lo que ha pasado realmente; pero ¬Ņd√≥nde ha pasado algo?‚ÄĚ4. El hecho hist√≥rico, entonces, ‚Äúno es m√°s dado que los otros; es el historiador, o el agente del devenir hist√≥rico, quien lo constituye por abstracci√≥n‚ÄĚ5.
Esto nos lleva al segundo de los olvidos mencionados: esa abstracci√≥n es una operaci√≥n socialmente condicionada: la Historia se hace desde la historia. Son las t√©cnicas del momento, las preocupaciones te√≥ricas y pr√°cticas, los valores asumidos por el historiador los que llevan a la superficie lisa del pasado esa configuraci√≥n rotunda ‚Äďel hecho hist√≥rico‚Äď que parece imponerse por s√≠ misma solo porque se han olvidado sus operaciones constitutivas. Elecci√≥n, selecci√≥n, descomposici√≥n, unificaci√≥n: el adem√°n con que el historiador trae a la luz el acontecimiento no puede hacer desaparecer las manipulaciones a que lo someti√≥, ni el hecho de que es una entre otras posibles esa luz que √©l busc√≥ para demostrar su transparencia. El principio de que ‚Äúla historia nunca es la historia, sino la historia-para‚ÄĚ6 es dif√≠cilmente discutible: la objetividad hist√≥rica es una funci√≥n del campo de pr√°cticas (te√≥rica, social, ideol√≥gica) que recorre el historiador. Quienes est√°n en la disciplina conocen ese riesgo: ‚Äúno es tan simple distinguir entre los prejuicios y la observaci√≥n del hecho‚ÄĚ7; ‚Äúes el historiador solamente quien introduce las relaciones entre los hechos que enuncia‚ÄĚ8. Entre el historiador y las fuentes se interponen, pues, una serie de esquemas de comprensi√≥n e interpretaci√≥n que no siempre son, a su vez, objetivados y vistos en su propia relatividad hist√≥rica.
Una historia de la historia de los √ļltimos tiempos mostrar√≠a, sin duda, grandes diferencias en el modo de acercamiento a las ‚Äúrealidades‚ÄĚ estudiadas. Dhondt, por ejemplo, ve as√≠ una de las l√≠neas divisorias: ‚Äúse podr√≠a decir que los historiadores de las nuevas escuelas parten de un cuestionario, mientras que los historiadores de la escuela cl√°sica parten de las fuentes‚ÄĚ9. En realidad, este criterio es d√©bilmente aclaratorio; el ‚Äúpartir de las fuentes‚ÄĚ no es un movimiento ingenuo en el historiador de la escuela cl√°sica: seguramente no tienen para √©l status de fuentes los registros parroquiales (que el dem√≥grafo moderno busca √°vidamente) o los archivos que ponen de relieve el movimiento de los precios durante cierto periodo. En cambio mirar√° con mayor inter√©s los anales de las casas reales o la alternancia de los funcionarios en la cumbre del Estado: es que tambi√©n √©l somete a los datos brutos un ‚Äúcuestionario‚ÄĚ; le preocupa el ritmo de la vida pol√≠tica, la rivalidad entre las naciones, la biograf√≠a puntual de un gobernante. Por eso, es m√°s sugerente la segunda oposici√≥n que se√Īala Dhondt: ‚Äúla otra oposici√≥n fundamental entre las dos escuelas‚Ķ se presenta de este modo. Los historiadores de las generaciones anteriores mostraban c√≥mo, en su opini√≥n, se efectu√≥ el desarrollo hist√≥rico en un caso determinado, pero no se preocupaban por presentar su demostraci√≥n particular como un ejemplo de un esquema de desarrollo que podr√≠a reproducirse, mutatis mutandi‚ÄĚ10. Es decir, se trata de la oposici√≥n entre generalidad y especific...

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